ALBA
Roma.
No la Roma de las postales. No la de los turistas, los selfies y las fuentes salpicadas de euros. No.
Les muestro mi Roma. La que respira sudor, sangre seca y secretos en las callejuelas demasiado estrechas.
Paul y Luisa me siguen a pocos pasos. Piensan que los guío. Pero los expongo.
— ¿Quieres hacernos una visita o asustarnos? suelta Paul, con una mirada de reojo.
— No es una visita, respondo avanzando sin volverme. Es un recordatorio.
— ¿De qué? pregunta Luisa, un poco sin aliento