Los días se volvieron semanas, las semanas un mes, uno donde el tiempo no se medía en transacciones financieras o plazos de entrega, sino en la cadencia de la vida en el rancho Iron River. Un mes de mañanas heladas en el establo, de café humeante compartido en la cocina y de atardeceres dorados sobre los picos nevados.
Para el pueblo, la novedad se había asentado, convirtiéndose en el chisme más agradable de los últimos años. Ya todo el pueblo sabía que la veterinaria y el dueño del rancho Iron