El viento del amanecer soplaba con una crueldad inusitada sobre el balcón de la casona Briston, agitando las cortinas de seda como si fueran banderas de rendición. Allí, en ese espacio que una vez fue símbolo de poder y linaje, el tiempo parecía haberse detenido en un suspiro cargado de pólvora y tragedia.
Roberto Briston, el patriarca que había construido un imperio sobre cimientos de hierro y voluntad, se encontraba ahora reducido a una sombra de sí mismo. Sus manos temblaban, no solo por la