Estela había llegado a la cabaña de Abigaíl el martes por la noche, en medio de la neblina invernal que se había instalado sobre Iron River. Su llegada no fue ruidosa, sino una presencia reconfortante que traía consigo el perfume a ciudad y un aire de sofisticada determinación.
Era media mañana del miércoles. El frío se mantenía fuera gracias al fuego crepitante en la chimenea. Las dos hermanas estaban envueltas en mantas, cada una con una taza de porcelana entre las manos. Bebían café juntas, disfrutando de ese oasis de intimidad. Hablaban de todo: de los negocios, de la familia Briston, y sobre todo, de Joe.
Estaban alegres, su cercanía estaba siendo una de las mejores decisiones. La distancia que la vida corporativa les había impuesto se había disuelto con la huida de Abigaíl a Montana. Ahora, Estela se sentía de nuevo protectora y cómplice, y Abigaíl, por primera vez en años, sentía que tenía un aliado incondicional.
—No tienes idea de lo que fue ver su cara —contó Estela, tomando