Estela había llegado a la cabaña de Abigaíl el martes por la noche, en medio de la neblina invernal que se había instalado sobre Iron River. Su llegada no fue ruidosa, sino una presencia reconfortante que traía consigo el perfume a ciudad y un aire de sofisticada determinación.
Era media mañana del miércoles. El frío se mantenía fuera gracias al fuego crepitante en la chimenea. Las dos hermanas estaban envueltas en mantas, cada una con una taza de porcelana entre las manos. Bebían café juntas,