La casona de los Briston se erguía sobre la colina como un recordatorio de piedra de una gloria que empezaba a oler a podrido. Mientras Nueva York celebraba el rescate de Cael en una explosión de flashes y sirenas de hospital, Roberto Briston huía. No huía de la prensa, ni de sus enemigos comerciales; huía de la verdad que le quemaba las entrañas desde que los documentos de ADN y las confesiones del pasado habían caído en sus manos como una sentencia de muerte.
Entró en la mansión solo. El chof