La cabaña de Abigaíl era un refugio cálido, pero no podía contener el huracán de emociones que la asolaba. Sentada en el sofá, con la carpeta de manila apretada contra el pecho como si fuera una serpiente venenosa, marcó el número de su hermana, Estela.
La voz de Estela al otro lado de la línea era aguda con preocupación.
—¡Abigaíl! ¿Qué pasó? Joe me llamó y dijo que habías huido... ¿Estás bien?
La pregunta fue el detonante. Abigaíl intentó hablar, pero solo logró un sonido quebrado, un solloz