La cabaña de Abigaíl era un refugio cálido, pero no podía contener el huracán de emociones que la asolaba. Sentada en el sofá, con la carpeta de manila apretada contra el pecho como si fuera una serpiente venenosa, marcó el número de su hermana, Estela.
La voz de Estela al otro lado de la línea era aguda con preocupación.
—¡Abigaíl! ¿Qué pasó? Joe me llamó y dijo que habías huido... ¿Estás bien?
La pregunta fue el detonante. Abigaíl intentó hablar, pero solo logró un sonido quebrado, un sollozo profundo y sin aire que venía de lo más hondo de su alma. Y entre sollozos le contó todo. No era solo el relato de la traición; era la confesión de la herida más íntima, la que la había marcado durante años.
—M-me hizo creer... que yo no servía, Estela. Que mi cuerpo estaba roto —logró decir, con la voz ahogada—. Le conté todo, cómo se había sentido humillada y vacía, cómo había cargado la culpa de la esterilidad, visitando médicos, sometiéndose a dietas, mientras él, Arthur, el monstruo, la e