El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales de la casona Briston, bañando el gran salón en un tono dorado que recordaba a la miel. No era el mismo brillo gélido de años atrás; hoy, la casa vibraba con un sonido que durante décadas le fue ajeno: el de la risa infantil y el bullicio de una familia que, contra todo pronóstico, había aprendido a florecer sobre las cenizas.
Habían pasado poco más de dos años desde que el eco del último disparo de Linda se desvaneciera en el viento de a