Dos meses. Dos meses desde que el juez firmó el divorcio, dos meses desde que se atrevió a confrontar a Arthur en la clínica, y dos meses desde que vio a Joe marcharse. Abigaíl se miró en el espejo, notando el brillo devuelto a sus ojos, la tensión desaparecida de los hombros. Había salido del infierno con cicatrices, pero viva.Esa mañana, el médico le había dado el alta final. Su cuerpo, frágil tras el accidente y la pérdida, se había recuperado por completo. La conversación con el especialista fue formal y breve. Le confirmó que no había secuelas físicas que le impidieran concebir de nuevo. El alivio debería haber sido total, pero el doctor no podía curar el vacío que quedaba. El bebé que tanto anheló, el que usaría como ancla y excusa para sanar su matrimonio fallido, no estaba. Y ahora, aunque estaba "autorizada para intentarlo de nuevo", la realidad era que no tenía con quién.El pensamiento, lejos de hundirla, se disipó con una bocanada de aire fresco. La Abigaíl de antes, la e
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