La noche había caído con una intensidad silenciosa y gélida sobre el rancho Iron River. La nieve, apenas perceptible al principio, comenzó a caer en copos densos y perezosos, envolviendo los extensos terrenos en una manta blanca y amortiguadora. Dentro del granero principal, la temperatura era más soportable, pero la atmósfera estaba cargada de una tensión febril.
Joe no tenía ojos para el paisaje invernal. Toda su atención estaba volcada en la yegua más valiosa de su rancho, Diosa, una campeona que luchaba por sacar adelante una gestación complicada. Estaba sudando a pesar del frío, su camisa de franela arremangada. Había una verdad brutal en el rancho: la vida no esperaba por la comodidad.
—Váyanse a cenar. Todos —ordenó Joe, su voz baja, pero con una autoridad que no admitía réplica—. Esto va para largo. Vuelvan en dos horas, pero no quiero que me vean la cara de cansancio.
Sus vaqueros, leales y exhaustos, asintieron. Sabían que, cuando Joe se quedaba solo con un animal, era porqu