Apenas el manto grisáceo del amanecer se cernía sobre el pueblo de Iron River, el silencio de la cabaña de Abigaíl Astor fue quebrado por la estridente melodía de su teléfono. Las 6:00 a.m. en punto. Aby despertó en un instante de alarma absoluta. Los veterinarios no recibían llamadas a esa hora por un resfriado común.
El nombre de Joe Briston parpadea en la pantalla. Sorprendida por el madrugón, contestó de inmediato.
—¿Joe?
Al otro lado de la línea, la voz del vaquero era un gruñido bajo, áspero y lleno de una frustración cuidadosamente contenida. La noche que había pasado en el granero, después de la brutal confrontación con Perla, le había pasado factura, y su orgullo luchaba contra la desesperación.
—Soy yo. Abigail, lamento la hora. Es Diosa. Ha entrado en labor de parto, pero… está complicado. La llevamos intentando desde la medianoche, pero no hay progreso y el sufrimiento… —Se detuvo, respirando con dificultad. El hombre que nunca mostraba debilidad sonaba al borde del colaps