El faro viejo de Capo Gallo parecía un esqueleto de piedra bajo la luna llena.
El viento salado me azotaba el rostro mientras subía los escalones de hierro oxidado. Cada peldaño crujía como si el edificio entero estuviera respirando. Llevaba el vestido rojo corto que había elegido a propósito: tela que se pegaba al cuerpo como una segunda piel, abertura alta en la pierna izquierda para poder correr o patear si era necesario, y botas negras hasta la rodilla con tacón de acero. La katana de Killi