El faro de Capo Gallo se alzaba como un centinela ciego, testigo mudo de lo que acababa de ocurrir entre nosotros.
El aire salado me lamía la piel desnuda mientras Killian me sostenía contra la pared fría, nuestros cuerpos todavía temblando por el fuego que acabábamos de encender. No había palabras dulces. No las necesitábamos. Lo que había pasado no era romántico; era posesivo, crudo, inevitable. Como si dos tormentas se hubieran encontrado en medio del océano y decidieran destruirse mutuament