La mesa estaba servida con más cuidado del habitual. Tom había acomodado dos copas de vino, un centro de mesa sencillo y la comida que Danna había preparado desprendía un aroma cálido que hacía que la casa se sintiera menos fría de lo normal. Danna, con el cabello suelto y todavía con las mejillas encendidas por las flores que él le había traído, colocó la fuente en el centro mientras Tom le sostenía la silla para que se sentara.
Los primeros minutos transcurrieron sorprendentemente tranquilos. Él la miraba con una sonrisa suave, casi… encantadora. Danna no podía evitar sentirse un poco menos tensa, aunque su pecho seguía apretado por esa parte de ella que nunca se relajaba del todo cuando Tom estaba cerca.
—Está delicioso —dijo él, probando el primer bocado—. De verdad, te luciste.
Danna sonrió tímidamente.
—Me alegra que te guste… lo hice pensando en que tuviste un día pesado.
Tom ladeó la cabeza, observándola con más atención de la que ella podía soportar sin ponerse nerviosa. Pero