La mañana amaneció tibia, y el brillo del sol entraba por los ventanales de la joyería creando destellos sobre los mostradores. Danna llevaba apenas dos días trabajando allí, pero ya se había acostumbrado al olor metálico y frío de los estuches nuevos, al suave tintineo de los collares cuando las vendedoras los acomodaban, y al eco elegante de los tacones sobre el mármol.
Aún así, sentía ese cosquilleo nervioso en el estómago cada vez que pasaba por el pasillo que llevaba al almacén principal,