La mañana amaneció tibia, y el brillo del sol entraba por los ventanales de la joyería creando destellos sobre los mostradores. Danna llevaba apenas dos días trabajando allí, pero ya se había acostumbrado al olor metálico y frío de los estuches nuevos, al suave tintineo de los collares cuando las vendedoras los acomodaban, y al eco elegante de los tacones sobre el mármol.
Aún así, sentía ese cosquilleo nervioso en el estómago cada vez que pasaba por el pasillo que llevaba al almacén principal, donde estaban las piezas más caras: joyas que ella ni siquiera habría podido soñar con ver en persona.
—Danna, ¿puedes ir a buscar el set Rubí Aurora? —le pidió una de las vendedoras, revisando la lista del día—. La señora de la tarde quiere verlo.
—Claro —respondió Danna con una sonrisa.
Tomó la carpeta con la orden y caminó hacia el almacén. Cada paso se sentía más silencioso que el anterior, como si entrara en territorio prohibido. Pasó su tarjeta por el lector y la puerta se abrió con un lev