Danna seguía sentada frente a la mesa, el portátil aún cerrado entre ambos, como una prueba irrefutable de todo lo que había sido y de todo lo que le habían arrebatado. John la observaba en silencio, con el peso de la culpa reflejado en el rostro. De pronto, se movió. No con brusquedad, sino con una cautela casi temerosa.
—Danna… perdóname —dijo al fin.
Tomó su mano con ambas, apretándola como si necesitara anclarse a ella para no desmoronarse.
—Te dejé en sus manos. Fui un imbécil por creer qu