La puerta se abrió con un clic suave. Tom entró con pasos lentos, casi calculados. Había manejado todo el camino con la mandíbula rígida y las palabras de John martillándole en la cabeza.
“Si alguien más ve lo que yo vi vas a levantar sospechas…”
La frase le regresaba una y otra vez, como un eco incómodo que lo desconcentraba.
En la cocina, Danna estaba de espaldas, moviendo una olla con la atención tranquila de quien está acostumbrada a cargar con la casa sin que nadie se lo pida. Llevaba un mandil claro y el cabello recogido en un moño alto. El aroma a pollo horneado y especias llenaba la casa de una calidez inesperada.
Tom se detuvo en seco al verla así… tan tranquila, tan ajena a la conversación que había tenido horas antes. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y se obligó a suavizar el gesto.
En su mano izquierda tenía un ramo de flores frescas —rosas color durazno, las preferidas de ella— y en la derecha una caja de chocolates elegantes, de esos que nunca compraba porque si