—Ah, no, no, para todo acá mismo. ¿Cómo que lo carnal? ¿Entonces hubo acción o no? —Daniela estaba eufórica. Elizabeth no solía hablar de su vida amorosa, prácticamente porque no existía una de la cual hablar, y esto era lo máximo que había logrado sacarle en cinco años de amistad.
—Lo que pasó fue… Dios, me da tanta bronca acordarme —Elizabeth tenía los puños apretados y los ojos vidriosos, y no supo en qué momento había comenzado a llorar.
Por un momento, Daniela sintió una punzada de culpa: había estado presionándola para que contara qué era lo que había pasado. Pero tampoco creía que fuera sano para su amiga guardar todo ese dolor dentro suyo.
—Bueno, bueno, despacio… no te alteres y contame a tu ritmo —le dijo, mientras le sobaba un hombro.
Elizabeth suspiró lentamente y, cuando empezó a hablar, las palabras comenzaron a salir como vomitadas de su boca.
—La cosa fue que empezamos a salir fuera del horario laboral. Una cita por acá, otra por allá… todo con un objetivo profesional: