¿ Nuevos Amigos ?

—Chicos —dijo Daniela, radiante—, les presento a Elizabeth Cabrera.

Elizabeth hubiera preferido desmayarse ahí mismo antes que tener que conversar con gente que no conocía. Charlar con desconocidos era el fuerte de su amiga, no el de ella. Se ponía nerviosa, le sudaban las manos y tartamudeaba.

No era así con los clientes: en la oficina se convertía en una fiera imposible de domar. Segura, directa, ágil con las palabras. Pero fuera de ese contexto, en situaciones sociales improvisadas como esa, sentía que todas sus habilidades se desmoronaban de golpe. Y justo ahora, con dos desconocidos frente a ella —uno de ellos con una mirada demasiado intensa para su propia tranquilidad—, su cerebro decidió apagarse por completo.

—Yo… yo… hola —balbuceó—. Mi nombre es Eli… brera… Cabrera, perdón. Mi nombre es Elizabeth Cabrera.

Alejandro —respondió él, con una calma que a Elizabeth le resultó irritante y fascinante al mismo tiempo. No hizo ningún comentario sobre su tropiezo verbal, pero la curva apenas visible en la comisura de sus labios lo dijo todo: lo había notado. Extendió la mano hacia ella.

—Un gusto, Elizabeth Cabrera.

Su voz era grave, segura, como si estuviera acostumbrado a que lo escucharan. Cuando sus manos se rozaron, Elizabeth sintió un cosquilleo absurdo recorrerle la piel. Retiró la mano demasiado rápido, como si se hubiera quemado.

—E-el gusto es mío —respondió, deseando que la tierra se la tragara.

Alejandro sostuvo su mirada un segundo más de lo socialmente aceptable, como evaluándola… o desafiándola. Elizabeth frunció el ceño sin darse cuenta.

— ¡Hola! —El chico de revoltoso pelo castaño interrumpió el silencio casi a los gritos—. ¡Mi nombre es Iván! —añadió con una sonrisa de oreja a oreja.

Su energía desbordaba. Elizabeth no pudo evitar pensarlo: su personalidad le recordaba a un Golden retriever, siempre alegre, amable y dispuesto a mover la cola… si tuviera una.

La tensión del momento se aflojó apenas un poco gracias a él.

—Muy bien, muy bien —intervino Daniela, dando una pequeña palmada como si estuviera coordinando un evento—. Formalicemos esto antes de que Elizabeth muera de incomodidad.

Señaló con elegancia improvisad.

—Él es Iván, departamento de Fotografía, especialista en sonrisas y en aparecer despeinado incluso en situaciones formales.

Iván hizo una reverencia exagerada.

—A su servicio.

Luego apoyó la mano en el hombro de Alejandro.

—Y él es Alejandro… del mismo departamento que vos. —Hizo una pausa dramática, como si saboreara el dato—. Pero de otra oficina, obbvioooo.

Alejandro alzó una ceja, divertido por la forma en que lo presentaban. Daniela rodeó a Elizabeth por los hombros.

—Y esta —anunció orgullosa— es Elizabeth Cabrera, cerebro brillante, carácter afilado y la persona más trabajadora que conozco. Aunque ahora mismo parezca un pajarito asustado.

Elizabeth abrió la boca para protestar. — ¡Daniela!

—Eli, ellos son de la oficina del norte de la ciudad. ¿Te acordás? Casi conseguís trabajo ahí. Menos mal que ya habían ocupado el puesto, sino jamás te hubiera conocido… y eso, hubiese sido una verdadera tragedia.

Le guiñó un ojo y la abrazó del hombro. Elizabeth sonrió pese a sí misma; no podía discutirlo. Daniela era, efectivamente, una tragedia… pero de esas hermosas, necesarias, que iluminaban cualquier desastre.

Ese último dato hizo que Alejandro entrecerrara los ojos, como si algo acabara de encajar. Durante un segundo pareció buscar un recuerdo enterrado, hasta que lo encontró. Sonrió de costado.

Esa sonrisa no era amable. Dio un paso al frente y se dirigió a ella con una seguridad que rozaba la soberbia.

—Srta. Cabrera —expresó, casi riéndose—. Quién diría que nos volveríamos a encontrar.

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