Daniela apretó el brazo de Elizabeth. Iván abrió la boca en un “wow” silencioso. Elizabeth no se atrevió a girar la cabeza, pero no era necesario, sintió la mirada de Alejandro penetrándole sobre la nuca. Dos sucursales. Un solo puesto.
Elizabeth no sabía ni cómo ni cuándo, pero, cuando volvió a ser consciente de su cuerpo, estaba en el baño del auditorio. Daniela le echaba agua fría en la cara para que no se desmayara.
—Respirá, Eli, respirá conmigo —decía, sosteniéndola por los hombros—. Inhalá… exhalá… eso, así.
Se aferró al borde de la bacha como si el mármol fuera lo único sólido en el mundo. Su reflejo en el espejo la miraba con los ojos muy abiertos, el maquillaje ligeramente corrido y el cabello pegado a la frente.
—No puedo creerlo… —murmuró, con voz ronca—. No me puede estar pasándo esto a mí. Voy a tener que trabajar con él… competir con él… y después ser su asistente —dijo en un hilo de voz—. ¡Su asistente, Dani!
—Y después él va a ser la tuya —respondió su amiga