Un pequeño favor

—Dani, necesito que me hagas un favor.

Al entrar al auditorio del edificio Central, Elizabeth se convenció de que algo grande estaba pasando y decidió que tenía que averiguar lo que fuera antes de que se le vaya la pinza.

—El que sea… mientras no sea trabajar —respondió Daniela, arqueando una ceja.

—No, tonta —bufó Elizabeth—. Necesito que uses tus encantos. No puedo más, falta media hora para que empiece la reunión y me estoy volviendo loca. Si alguien sabe cómo hacer amigos nuevos, esa sos vos. Estoy segura de que no vas a tardar ni cinco minutos en descubrir qué es lo que está pasando.

Daniela sonrió como si le hubieran dado una misión secreta.

—Cinco minutos es mucho —dijo—. Dame tres. Y sin esperar respuesta, se perdió entre la gente.

Elizabeth vio la cabellera rubia de Daniela abrirse paso entre personas desconocidas hasta detenerse frente a un chico de abundante cabello castaño. ¿Cómo es que está tan desalineado? pensó, con una mezcla de intriga y resignación.

Tal como lo imaginaba, el chico no tardó nada en desenvolverse con su amiga; y, acto seguido, ya estaban riendo juntos como si fueran amigos íntimos de toda la vida. Daniela gesticulaba, él asentía, y por momentos se inclinaban para hablarse al oído, compartiendo sin duda información que Elizabeth moría por conocer.

Desde la distancia, Eli se abrazó a sí misma. Si alguien podía descifrar el caos en menos de un suspiro, era Daniela.

Elizabeth los observaba distraídamente cuando algo cambió en el pequeño círculo de conversación. Un segundo rostro apareció junto al chico de cabello castaño. Alguien más se había unido. Alzó la vista… y lo vio.

Alto, camisa arremangada, traje que le quedaba demasiado bien para ser casualidad, expresión seria y confiada. El cabello oscuro ligeramente despeinado le daba un aire desprolijo pero peligroso. Se inclinó para escuchar lo que Daniela decía y, para horror de Elizabeth, sonrió. Ese tipo de sonrisa que no se ve todos los días.

Esa que combina seguridad y desafío. Elizabeth sintió un pequeño vuelco en el estómago sin entender por qué.

—Genial… —murmuró para sí—, ahora también se le suman galanes.

Notó cómo Daniela hablaba con total naturalidad con ambos, como si ya fueran un grupo formado desde hace años. El chico del cabello castaño le decía algo al recién llegado, que respondió con una frase corta y una media sonrisa torcida.

De repente Elizabeth se vio siendo apuntada por el dedo alegre de Dani, y la mirada de él, de pronto, se alzó.

Sus ojos se cruzaron, solo por un segundo, pero fue suficiente para que sintiera que la habían descubierto espiando. Se apresuró a mirar hacia otro lado, fingiendo revisar su celular, aunque el corazón le latía con fuerza absurda.

Sin saberlo todavía, acababa de mirar por primera vez a Alejandro.

Para su sorpresa, cuando se atrevió a sacar los ojos de la pantalla del celular, Daniela estaba parada frente a ella, extendiéndole una mano.

—Señorita Cabrera —dijo con solemnidad exagerada—, acompañe a esta humilde mensajera. Traigo noticias frescas.

Elizabeth parpadeó, todavía descolocada por la aparición repentina.

— ¿Tres minutos? —preguntó—.

—Dos y medio —sonrió Daniela—. Rompí mi propio récord.

—Bueno, bueno, no te eches porras —dijo Elizabeth, cruzándose de brazos—. ¿Averiguaste algo interesante?

Pero Daniela no respondió. Aprovechó el entusiasmo de Eli y con una sonrisa inocente y un movimiento rápido, le tomó la muñeca.

—Vas a amarme por esto —anunció.

— ¿Qué estás hacien…? ¡Dani! —protestó Elizabeth, demasiado tarde.

Sin que ella se diera cuenta, Daniela ya la había arrastrado entre el gentío, esquivando sillas, personas y murmullos, hasta detenerse frente a sus nuevos amigos. Elizabeth levantó la vista y se encontró, de golpe, demasiado cerca del chico de cabello castaño… y de él.

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