Después de semejante noticia y de haberse peleado no una, sino dos veces con el idiota de Alejandro, Elizabeth necesitaba un trago. Y pronto.
—¿Nos vamos? —le dijo a Daniela, aún con la adrenalina clavada en la garganta.
Pero Daniela no se movió. Tenía los brazos cruzados, una ceja en alto y esa expresión que decía que no iba a poder safar de las garras de su amiga.
—Bueeeno si, pero mientras vamos para casa me vas a tener que contar todo -respondió.
Elizabeth parpadeó.
—¿Qué?
—No te hagas la