—Esa noche… después de… eso —dijo Elizabeth, evitando el detalle, como si no nombrarlo pudiera borrar el hecho—, me quedé dormida. Y ahí fue cuando Alejandro me traicionó. Mientras dormía, me robó los datos de mis dos clientes más importantes. Los que iban a asegurarme el puesto.
Hizo una pausa, tragando saliva, como si el recuerdo todavía le pesara en el pecho.
—No solamente me robo, —continuó—sino que apago mi alarma y mi celular. Cuando me desperté al otro día, él ya se había ido y era tardísimo. Volé a la oficina como una loca y cuando llegue vi a Alejandro con mis clientes, festejando después de cerrar los contratos. Él los cito, les ofreció mejores condiciones, y me los ganó. Ese mismo día lo promovieron.
— ¡Desgraciado! —Daniela estaba que echaba fuego por la nariz, caminando de un lado al otro como un animal enjaulado—. ¡Qué hijo de ****! ¡Como te va a hacer eso a vos Eli! ¡A vos, que sos más buena que el pan, que pedís perdón cuando te pisan! No, no, no… esto no queda así.