Elizabeth abrió los ojos como si la estuviera llamando alguien desde el mas allá.
—¿Cómo conseguiste mi número? —preguntó, cansada, sin molestarse en disimularlo.
Daniela la miró con intriga y le hizo señas desesperadas para que pusiera el altavoz.
—Me lo pasó Iván —respondió él—. Necesitaba decirte gracias.
Elizabeth apretó la mandíbula.
—Bueno, de nada —dijo, seca—. Ya está. ¿Algo más?
Del otro lado, él suspiró. Se hizo una larga pausa donde ninguno de los tres emitió sonido.
—¿Podemos verno