Cambio de planes

— ¿Vos sabías? —preguntó Alejandro desde el baño mientras se quitaba los últimos rastros de barba de su rostro.

—No —respondió Iván a los gritos por encima del ruido de la rasuradora—Pero no me gusta nada cuando cambian los planes a último momento.

Alejandro se había levantado, duchado y preparado, y ya estaba listo para recibir lo que le correspondía, pero un mensaje en su celular cambio la perspectiva de su día en un vuelco 360. Lo que debía ser una tranquila mañana que daría pie a un mediodía triunfante se estaba convirtiendo en un estresante misterio que nada le gustaba.

Los ascensos serían anunciados en la oficina y él había trabajado más horas que nadie, había soportado reuniones eternas, informes imposibles y decisiones que otros no se atrevían a tomar. Si alguien había sostenido ese departamento en pie, había sido él. El ascenso no era un premio; era justicia, pero con tan solo 5 palabras de su supervisor su semblante paso de triunfador para dar pasó a un Alejandro estresado: Diríjanse hacia la Sede Central.

Se ajustó el reloj en la muñeca. Llegaron al edificio unos minutos antes de la hora pactada, como siempre. Puntualidad no por corrección, sino por estrategia: observar primero, calcular después.

El viaje hasta la sede central se le hizo más corto de lo que esperaba. No porque estuviera tranquilo, sino porque se pasó todo el trayecto con la mandíbula apretada y mil escenarios corriéndole por la cabeza. El de los despidos era el que menos le preocupaba. La mera idea de que le dieran a otra persona el puesto que tanto se esforzó por conseguir lo enfermaba.

La sede central imponía. El edificio de vidrio espejado se alzaba como un recordatorio constante de que allí se tomaban las decisiones que podían cambiar carreras… o destruirlas.

Apenas bajó del auto, Iván le dio un codazo suave.

—Bueno —murmuró—. Claramente esto no es solo por los ascensos.

Alejandro frunció el ceño, recorriendo con la mirada el hall repleto de empleados, que curiosamente, pertenecían a la sucursal del otro lado de la ciudad. Todos igual de perdidos que él.

—No —respondió—. Esto huele a terremoto.

Dos minutos después Alejandro había perdido a Iván entre el tumulto de gente y cuando lo divisó, no podía creer que no podía dejarlo dos segundos sin que este estuviera coqueteando con alguien. Aunque esta vez no podía culparlo: alcanzó a ver el momento en que aquella hermosa chica rubia había ido directo hacia su amigo y había comenzado la charla por su cuenta.

Pudo detectar, casi imperceptible, el gesto de Iván para que se uniera a la conversación, y acertó en la suposición: esa chica sabía algo o, al menos, podía aportar información nueva a toda la situación.

Con cuidado, Alejandro apareció al lado de Daniela y se presentó, pero para su sorpresa, su respuesta lo hizo reír.

— ¡Él es el amigo serio! —exclamó con entusiasmo.

Parecía que Iván ya había estado soltando información sobre él. Alejandro le lanzó una mirada asesina a su amigo y escuchó cómo la rubia se presentaba:

— ¡Hola! Mi nombre es Daniela. Y esa hermosa colorada de allá es mi mejor amiga, Elizabeth —añadió en un murmullo, señalando hacia el otro lado del auditorio.

Alejandro siguió con la mirada la dirección que indicaban sus dedos y la vio.

Cabello largo y colorado, perfectamente lacio. Postura tensa, mano aferrada al celular como si fuera un salvavidas. No estaba sonriendo… pero tenía esa expresión concentrada que él había visto muchas veces en gente peligrosa: la gente que piensa antes de actuar.

Ella no está asustada, pensó. Nerviosa, sí… pero no asustada. Está calculando. La observó un rato más de lo prudente. Y entonces ella lo miró.

Fue solo un segundo, pero él sintió que lo medía. No con coquetería, sino con el mismo criterio con el que uno evalúa un problema laboral: ¿competencia, aliado o estorbo?

Alejandro sonrió sin darse cuenta. Competencia, decidió.

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