Capítulo 3 ¡Por favor, ya baja de peso!

A mitad de la noche, Alina se despertó con un hambre insoportable. Ese cuerpo estaba demasiado acostumbrado a comer en exceso; al reducir las porciones de golpe, su estómago rugía tanto que no la dejaba dormir.

Su mente no paraba de imaginar tacos, hamburguesas, pollo frito... ¡Sentía que se moría de inanición!

Así que se acostó bocarriba en la cama y empezó a hacer abdominales. Por ningún motivo iba a probar bocado. ¡Tenía que adelgazar a como diera lugar!

Pasó una semana entera de esa manera. Tal vez la actitud agresiva de la última vez logró espantar por completo a Lia, porque esos días transcurrieron en absoluta calma. Nadie fue a buscarle pleito y ella consiguió dominar sus antojos, ¡bajando cinco kilos!

Aunque estaba contenta con el resultado, aún le quedaban demasiados kilos encima... ¡Qué ganas de comerse unas papas fritas bañadas en queso amarillo!

Ese día, a la hora de la comida, don Abel pasó de visita. Era la primera vez que Alina veía a su abuelo desde que tenía este cuerpo.

Ya sentados en el comedor, el patriarca tomó la palabra.

—Mariza, tienes que organizar muy bien mi cumpleaños dentro de dos meses. Van a venir las familias más importantes de Cashland, incluidos los Parker. Por ningún motivo podemos dejar que nadie haga menos a los Quiroga.

La señora Mariza aprovechó la oportunidad para quedar bien con su suegro y enseñó una gran sonrisa.

—No se preocupe, suegro. Le aseguro que su fiesta va a quedar espectacular. Además, Cindy y Uriel van a regresar para la celebración, así que usted solo dedíquese a disfrutar.

Aunque a don Abel no le caía muy bien la mujer, Uriel era su único nieto varón, y Cindy se había convertido en una actriz de primera categoría, súper famosa en todo el país.

Al escuchar que sus nietos favoritos estarían presentes, el anciano se puso de excelente humor.

—Me parece perfecto. Diles que dejen el trabajo un rato y vengan a hacerle compañía a este viejo.

La mención de sus hermanos mayores hizo que Lia se sintiera todavía más orgullosa. En el futuro planeaba entrar al mundo del espectáculo y convertirse en una estrella, con el respaldo absoluto de su hermana. Mientras tanto, la inútil de Alina seguiría siendo solo una repugnante gorda floja encerrada en la casa.

—Abuelo, ¿puedo ir a su fiesta de cumpleaños?

Alina preguntó con tranquilidad.

Don Abel arrugó la frente. Era evidente que no quería ver a una joven tan pasada de peso en un evento de la alta sociedad, pero tampoco deseaba lastimar su orgullo, así que se encontraba en un dilema.

—Ay, hermanita, no pongas al abuelo en esta situación. Cuando los invitados pregunten de qué familia es la muchacha con esa figura, ¿esperas que él responda que es una Quiroga? ¿Quieres que todos se burlen de nosotros en su propia fiesta?

Lia habló con un tono lleno de sarcasmo.

—Tiene razón. En las reuniones anteriores de la familia siempre te quedabas encerrada en tu cuarto. Mejor deja pasar esta también, Alina.

Mariza intervino de inmediato.

—Abuelo, si en un par de meses logro bajar de peso, ¿me dejaría asistir a la fiesta?

La joven insistió, ignorando los comentarios.

El patriarca observó la sinceridad en los ojos de su nieta y terminó por ceder.

—Está bien. Búscame en dos meses.

Ella sabía perfectamente que eso era un sí.

Para sus planes, la persona más importante que debía tener de su lado dentro de esa casa era precisamente él.

El cuarenta y cinco por ciento de las acciones del Corporativo Sunset le pertenecían al anciano, un cinco por ciento a Teo y un diez por ciento a Uriel. Las tres nietas no poseían absolutamente nada. Quedaba clarísimo quién tenía el verdadero poder en la familia.

Si Alina quería consolidar su posición, entrar en la alta sociedad y acercarse a Brenda, ganarse el favor de don Abel era el primer paso indispensable.

Lia la miró con profundo rencor. La muchacha ignoró por completo la furia en los ojos de su media hermana, se puso de pie y se dirigió a la salida.

—De ahora en adelante no cenaré. No se molesten en llamarme.

Se cambió los zapatos por unos tenis y salió a correr.

A sus espaldas, la menor dejó escapar un sonido de fastidio.

—Haga lo que haga, seguirá siendo una obesa.

Durante esa última semana, se había propuesto aumentar su meta diaria un poco más y ya lograba correr dos kilómetros seguidos. Necesitaba recuperar su antigua condición física lo antes posible y tomar el control de la situación; solo así tendría los recursos necesarios para enfrentarse a su enemiga.

Al recordar a Luisito cayendo al suelo sin hacer ruido, con la mirada vacía, el corazón se le llenó de rabia. Por más que se había arrodillado y suplicado, no logró cambiar ese trágico desenlace. Y luego estaba Edgar. Él le había hecho promesas, pero la dejó morir de una forma espantosa. ¡Tenía que vengarse!

Sacó fuerzas de flaqueza y aceleró el paso.

...

A la orilla de la calle, dentro de un auto negro, un individuo revisaba unos documentos.

—¿Cuánto más vamos a esperar?

Preguntó con impaciencia.

Su asistente, Tito, se limpió el sudor con nerviosismo.

—Una disculpa, señor. El auto se descompuso de la nada. Ya me comuniqué a la sucursal de Cashland para que nos manden uno nuevo.

Oliver Parker se frotó el puente de la nariz y giró la cabeza hacia la ventana. La misma muchacha llenita pasó frente a su vehículo por segunda vez, pero en esta ocasión, se detuvo y se quedó mirando fijamente el cristal por un largo rato.

Alina no podía ver que había gente adentro. Como el transporte llevaba media hora estacionado en la calle sin moverse, asumió de inmediato que estaba vacío.

El joven magnate permanecía sentado en el interior, observando cómo la chica lo miraba fijamente, sin apartar la vista durante varios segundos.

Si uno prestaba atención, los rasgos de su cara eran sumamente delicados. El único problema era que el exceso de peso ocultaba su atractivo natural.

Justo cuando el asistente estaba a punto de bajarse para ahuyentarla, la joven le gritó de repente al cristal.

—¡Estás pasadísima de peso!

Oliver dio un respingo por el susto, pero enseguida se rio. Había pensado que la muchacha lo estaba mirando a él, cuando en realidad solo usaba el cristal polarizado como espejo.

Alina apretó los puños.

—¡Alina! ¡Por favor, ya baja de peso! ¡Se nos acaba el tiempo!

Tenía que recordarse a cada instante el rencor de su vida pasada para obligarse a sí misma a darse prisa. Debía recuperar el nivel de Noelia cuanto antes. De lo contrario, si dejaba que Brenda se casara con Edgar, sería imposible infiltrarse sola con todos los asesinos que protegían a la Organización Janus.

Al pensar en los amigos con los que solía arriesgar la vida, recordó claramente las palabras de su rival: prometió destruir desde la raíz a todos sus aliados de confianza dentro del sindicato criminal.

Había crecido junto a él. Lo vio expandir la organización paso a paso hasta convertirse en su mano derecha. Incluso formó su propio escuadrón de subordinados leales, personas que para ella eran como su verdadera familia.

Necesitaba afianzar su poder con urgencia para poder proteger a los suyos.

Había algo en lo que la otra mujer tenía razón: ella no era más que una simple herramienta. Por eso, cualquier sicario del grupo podía ser desechado como un peón en cualquier momento.

Brenda, en cambio, contaba con el respaldo de toda la familia Carrillo. Él jamás se atrevería a deshacerse de ella.

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