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Capítulo 2 ¡Eres tan espantosa que nadie te quiere!

Al llegar a la mansión, la joven entró a la sala. Su madrastra, Mariza Parra, tomaba el té tranquilamente, mientras que la hija menor, Lia, hojeaba una revista a un lado. Al levantar la vista y ver a su hermana empapada en sudor, la muchacha arrugó la nariz con evidente desagrado.

—Pinche gorda, qué asco das.

La recién llegada la ignoró por completo y se dio la vuelta para subir a su recámara.

Su media hermana le gritó de inmediato.

—¡Detente ahí! Oye, cerda, ¿no tienes educación? ¿Llegas a la casa y ni siquiera saludas a mi mamá?

—¿Mamá? ¿La mamá de quién?

La menor soltó una carcajada burlona.

—Pues mi mamá, obvio. La tuya lleva años muerta, ¡eres una fea que nadie quiere! ¡Una bastarda cualquiera que no tuvo a nadie que la educara!

"Nadie te quiere", "bastarda"... Brenda le había dicho exactamente esas mismas palabras en su vida anterior. Nunca supo quiénes fueron sus verdaderos padres ni por qué terminó criándose dentro de la Organización Janus. En este momento no podía vengarse de su antigua rival, pero de ninguna manera iba a permitir que una mocosa insolente la pisoteara en su propia casa.

—¡Plaf!

Le acomodó una bofetada con tanta fuerza que hasta la grasa de su propia mano tembló por el impacto. Suspiró con resignación; en definitiva, le urgía bajar de peso.

La niña mimada se llevó la mano a la cara, mirándola con total incredulidad. En el pasado, todos la trataban como basura. Ella misma la pateaba y la golpeaba, y la gorda ni siquiera se atrevía a llorar en voz alta. ¿De dónde sacaba el valor para regresarle el golpe?

—¿Te atreviste a pegarme? ¿Tú, de todas las personas, me acabas de dar una cachetada?

—¿Y por qué no me atrevería? Para empezar, soy mayor que tú. Segundo, yo soy la hija del matrimonio legítimo de esta familia. En cambio, si tu madre no fuera la amante que se volvió esposa, tú no serías más que una hija ilegítima. ¿Con qué derecho te atreves a ser tan altanera en mi casa?

Lia se quedó boquiabierta. Su víctima siempre andaba aletargada, aislada en su propio mundo como si no entendiera nada. ¿En qué momento aprendió a pararse derecha y a soltar un discurso tan venenoso?

De inmediato rompió en llanto y corrió a refugiarse en los brazos de su madre.

—¡Mamá, mira a cerdina! ¡Se atrevió a pegarme!

La señora de la casa observó con dolor la cara de su niña, que ya lucía la marca roja de los dedos perfectamente delineada. Se puso de pie al instante.

—Alina, te pasaste de la raya. ¿Cómo se te ocurre levantarle la mano a tu hermana nada más porque sí?

—¿Hermana? Mi madre solo me tuvo a mí. Hasta donde sé, soy hija única.

La mujer enrojeció de coraje.

—¡No te pases de lista! ¡Tú no tienes ni voz ni voto en esta casa! Si armamos un escándalo y esto llega a oídos de don Abel, a ninguna le va a convenir.

—Perfecto. Si la señora Mariza quiere ir a quejarse con mi abuelo, yo la acompaño encantada. A ver qué opina mi papá cuando regrese y vea que usted hace un circo de un simple pleito entre nosotras.

La aludida dudó. El patriarca de la familia, Abel Quiroga, nunca había aprobado que la amante de su hijo terminara ocupando el lugar de la esposa oficial. Además, Teo le había advertido hasta el cansancio que no molestara al anciano con tonterías; a fin de cuentas, don Abel seguía teniendo el control absoluto del Corporativo Sunset.

Al ver que la mujer guardaba silencio, la joven dio por terminada la discusión.

—Como veo que no tiene ganas de ir a molestar a mi abuelo, me retiro a mi recámara.

Sin esperar respuesta, subió las escaleras con paso firme. Su actitud sumisa y temerosa había desaparecido por completo.

Lia seguía haciendo berrinche en la sala. Siempre había sido la princesa consentida de sus padres, intocable y caprichosa. ¡Y esa glotona acababa de darle una bofetada! Juró internamente que no se iba a quedar de brazos cruzados.

Su madre la abrazó para consolarla.

—Tranquila, mi niña. Deja que regrese tu papá del trabajo y él se va a encargar de ponerla en su lugar.

Solo con esa promesa la menor logró calmarse.

Alina regresó a su cuarto, sacó todas esas medicinas raras, las metió en su bolsa y decidió buscar un momento para llevarlas a analizar a un hospital. Pero por ahora, ¡bajar de peso era su prioridad número uno!

Medía un metro setenta, casi lo mismo que en su vida anterior como Noelia, solo que antes pesaba muchísimo menos de lo que pesaba ahora.

Con semejante peso, ya ni hablar de intentar entrenar; hasta moverse en su día a día resultaba incómodo.

Sacó una libreta y armó rápidamente un plan de pérdida de peso, detallando su dieta y rutina de ejercicio diaria. Estaban en las vacaciones de invierno. Tenía dos meses libres y necesitaba adelgazar lo más pronto posible para poder infiltrarse en la alta sociedad y acercarse poco a poco a Brenda.

A la hora de la cena, solo se comió una manzana y salió a correr. Apenas avanzó un kilómetro y ya estaba sin aliento. Le costaba creerlo; ¡en el pasado podía correr diez kilómetros cargando equipo pesado!

Cuando regresó a la casa por la noche, Teo ya la esperaba en la sala. Lia estaba sentada a su lado, lloriqueando y contándole cómo su media hermana la había maltratado.

—Alina, ¿por qué le pegaste a Lia? A fin de cuentas, es tu hermana. ¡Pídele perdón ahora mismo!

La chica mostró una sonrisa sarcástica. Su padre le exigía disculparse solo por la versión de la niña mimada, sin darle siquiera la oportunidad de explicarse. Con un papá así, casi prefería haber seguido siendo huérfana en su vida como Noelia.

Bajó la cabeza y murmuró una explicación.

—Papá, Lia me dijo que mi mamá se murió joven y que a mí me va a pasar lo mismo, que no voy a durar nada. Me dio mucho coraje y por eso le pegué. Ya sé que yo no tengo mamá y no hay nadie que me eduque como la señora Mariza a ella. Te juro que no vuelve a pasar.

Verla tan indefensa le generó un poco de culpa a Teo. Después de todo, era su hija biológica.

Lia se apresuró a defenderse.

—¡Claro que no, es una mentirosa! ¡Papá, yo nunca dije eso!

La disculpa de su media hermana sonó dócil y tranquila, un contraste inmenso frente a los chillidos desesperados de la menor.

—Perdón, papá, reconozco que actué mal.

El padre hizo una mueca de enfado.

—Ya basta. Tengo muchísimo trabajo en el corporativo todos los días. No me estén molestando con estas tonterías.

Sin prestarle atención a los gritos de la niña, subió las escaleras.

En cuanto Teo desapareció, Lia dejó de fingir tristeza. Se abalanzó hacia ella y levantó la mano para darle una bofetada. Alina le atrapó la muñeca en el aire. Su cara ya no mostraba ni un rastro de sumisión.

—Ya no soy la misma estúpida a la que podías pisotear cuando querías. Más te vale no meterte conmigo o te juro que te vuelvo a partir la cara.

La ferocidad en su mirada aterrorizó a la menor, quien retrocedió un par de pasos con torpeza. Alina le soltó el brazo con brusquedad y continuó su camino hacia el piso de arriba.

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