Los invitados seguían comentando entre sí, y en poco tiempo todos en la mesa sabían de dónde venía el amuleto que Alina le había dado al abuelo.
Don Abel, con el semblante ya más sereno, le preguntó:
—Alina, ¿de verdad fuiste tú sola a la Capilla?
Ella le sonrió con calma.
—Sí, abuelo. Don Martín me dijo que últimamente andas padeciendo de dolores de cabeza y que ni el médico te los había quitado. Escuché que los amuletos de la Capilla del Monte son muy milagrosos, así que fui. Me tardé todo el