Mundo ficciónIniciar sesiónOliver se dio cuenta de que estaba siendo muy entrometido, algo que no era propio de él. Solo que esa noche, esa chica le resultaba mucho más interesante que todos los invitados del banquete.
—Ya lo viste tú mismo: estoy gordita, no soy bien recibida, y dicen que le doy vergüenza a la familia.
—¿Gorda? A mí me parece que estás bien.
Recordó cómo se había sentido al sostenerla.
—Te digo una cosa: todos me desprecian ahora, pero cuando adelgace, van a ver que en realidad soy muy guapa.
Lo dijo con seguridad.
—¿Ah, sí? ¿Tan segura estás?
Se rio con ganas.
—Claro que sí, esta cara...
Se detuvo antes de terminar la frase. Había estado a punto de decir que su cara era idéntica a la de Noelia, y que Noelia era la mejor asesina a sueldo de la organización, capaz de acercarse a cualquier objetivo solo con su belleza.
Pero después lo pensó mejor. Nadie iba a creerle que dentro del cuerpo de una chica insegura y obesa vivía el alma de una asesina.
"Además, yo no quiero volver a esa vida donde cada día podía ser el último. Ser Alina tampoco está tan mal."
Oliver notó que se había quedado callada.
—¿Qué buscas?
—Mis tacones, los tiré aquí mismo hace rato y ya no están... ¿a dónde se fueron?
Seguía revolviendo el pasto mientras refunfuñaba.
—Señor Parker, si no tiene nada que hacer, por lo menos alúmbreme con su celular. Está muy oscuro, ¿cuándo voy a encontrarlos así?
Oliver sacó el celular y apuntó la luz sin chistar. Era la primera vez en su vida que una chica le daba órdenes así.
Ella estaba agachada, buscando entre el pasto, y un mechón suelto le caía junto a la mejilla, haciendo que su cara se viera particularmente expresiva y bonita.
—¡Los encontré!
Sacó los dos tacones del pasto, los tiró frente a ella y le extendió la mano a Oliver.
—Señor Parker, ayúdeme.
Él le dio la mano y sintió el peso suave de su brazo. Siempre había sido de los que preferían mantener distancia con los demás, y aun así esa noche había pasado tanto tiempo conversando con ella, y ahora hasta había contacto físico.
Alina no le dio más vueltas al asunto. Se apoyó en él, se puso los tacones, se acomodó el cabello y dijo:
—Muchas gracias. Un día de estos lo invito a comer.
—¿Cuándo?
Alina no entendió al principio.
—¿No dijiste que me ibas a invitar a comer? ¿Cuándo?
Alina se quedó sin saber qué decir. Ese tipo de comentarios se expresan por cortesía ¿A poco lo tomó en serio?
Pero ya lo había dicho, y no podía echarse para atrás.
—¿El próximo sábado está bien?
—Sí. Paso por ti.
—No, no, mejor nos vemos en Plaza Luxmar, en el distrito comercial.
No quería que Lia la viera llegando con un desconocido a la casa. Quién sabe qué historias inventaría después.
Oliver asintió.
—¡Entonces nos vemos!
Levantó su falda y salió corriendo hacia el salón de fiestas, como si los tacones no existieran.
...
En el salón.
—Abuelo, ¿y Alina?
El señor Abel tenía la cara seria y no respondió. Lia se adelantó:
—Cindy, es que la gorda le había prometido al abuelo que iba a venir a la fiesta, y todavía no aparece. Tú sabes cómo es ella, muy solitaria, y no es la primera vez que dice una cosa y hace otra.
Con ese comentario, Abel se puso de peor humor. Con lo joven que era, y ya así de incumplida. Hasta le habían preparado un lugar especialmente para ella. ¡Qué falta de respeto!
—Come y ya. ¿A qué vienen tantos comentarios?
A Uriel nunca le había gustado esa dinámica tan extraña en su familia, por eso casi no se le veía en casa.
—Hermano, estoy diciendo la verdad. Es que ella de por sí ya...
—¿Que yo de por sí ya qué? Sigue, Lia.
Una voz clara y firme llegó desde la entrada. Todos voltearon.
Ahí estaba Alina, en la puerta del salón, con un vestido de noche negro. Cara redonda y tersa, maquillaje suave, el cabello largo hasta la cintura cayendo por su espalda. Una figura curvilínea, escultural y tonificada.
Sus ojos brillaban de una manera particular, como los de un ser que se hubiera perdido en el bosque. Si uno los miraba demasiado tiempo, era difícil dejar de hacerlo.
—¿Quién es esa? ¿También es de la familia Quiroga?
—No sé, nunca la había visto...
—¡Alina, tú...!
Lia se puso de pie, descolocada. Era imposible. Ella misma le había puesto pastillas para dormir en el agua, para que se quedara dormida hasta el día siguiente. Y aunque se hubiera despertado, la había encerrado con llave. ¿Cómo era posible que estuviera ahí?
—¿Yo qué, Lia? Parece que te sorprendió mucho verme aparecer ¿no es así?
Alina sonreía como si nada.
—¿Cómo saliste?
—¿Me preguntas si no debería haber salido? Tiene razón, en algo. Cuando fui a la puerta noté que estaba con llave, y me costó bastante trabajo abrirla. Por cómo lo dice, pareciera que sabe que me quedé encerrada.
—¿A qué viene eso? ¿Qué tiene que ver Lia con que te hayan cerrado el cuarto?
Mariza se había levantado a defender a su hija.
—Tiene razón, señora Mariza. Seguramente no tiene nada que ver con Lia.
Alina lo decía sonriendo, pero su mirada era otra cosa: cortante, indiferente, clavada en Lia sin parpadear. Por un instante, Lia sintió un peso en el estómago. No era la misma de antes.
—Llegaste tardísimo. Ven a sentarte.
Alina caminó obediente hacia donde estaba el abuelo y le extendió la cajita de madera que traía en las manos.
—Abuelo, aún no gano mi propio dinero, no tengo mucho que ofrecerte. Lo único que pude conseguirte fue esta medallita de la Capilla del Monte. Ojalá te dé salud y que estés con nosotros muchos años más.
Don Abel abrió la caja. Dentro había, en efecto, un pequeño amuleto. Comparado con los regalos de Uriel y Cindy, era algo bastante sencillo.
Lia rio entre dientes.
—Hermana, la familia no te ha dejado sin dinero para tus gastos. No me digas que en serio solo pudiste comprar esa baratija para el abuelo.
Cindy se sumó desde el otro lado de la mesa.
—Si te falta dinero ya sabes que puedes pedirme.
Era una indirecta doble: que Alina había gastado todo su dinero en tonterías y que ni para el cumpleaños del abuelo había podido esforzarse.
Don Abel ya empezaba a torcer el gesto cuando Uriel intervino.
—Está bien, ya. Como sea, es una muestra de cariño de Alina.
Ella lo miró un momento más de lo necesario. Tenía pocos recuerdos de su hermano mayor: sabía que se había ido a vivir solo desde hacía años, trabajando con su padre en el corporativo, y que casi nunca volvía a casa. Incluso cuando volvía, entre los dos no había mucha conversación. Alina era de las que se quedaban calladas.
Pero ahí estaba Uriel, tomando partido por ella. Eso la dejó pensando: ¿de verdad no era aliado de Mariza y sus hijas?
Abel seguía sin verse convencido del todo con el regalo de Alina.
Fue entonces cuando una de las invitadas se inclinó a ver la cajita con curiosidad.
—¿Esto es de la Capilla del Monte?
—¿La del cerro, la más importante de ciudad Cashland? Dicen que sus amuletos son muy difíciles de conseguir.
—Sí, sí. Tengo entendido que para ver al obispo hay que subir todos los escalones del cerro a pie. ¡Son casi mil!
—¡Entonces esta señorita sí que es una hija ejemplar! ¿Cuántas chicas de buena familia se molestarían en algo así por un regalo que no vale lo que cuesta el esfuerzo?







