Kato llegó antes del amanecer al hotel donde se refugiaban Alina y Cheeto. Tenía el mismo rostro anguloso de siempre, aunque ahora una cicatriz le partía la ceja en dos y los ojos le habían perdido esa chispa de muchacho que Noe recordaba. Se quedó parado en el umbral, mirándola como quien mira un fantasma al que no termina de creerle.
—Jefa —dijo al fin, con la voz quebrada—. De verdad es usted.
Alina no se levantó de la silla. No habría podido; su cuerpo seguía siendo más débil de lo que su