Despertó con el sabor del óxido en la boca.
Lo primero fueron las muñecas: el peso de los grilletes, el hierro mordiéndole la piel en carne viva. Después la espalda, contra una pared de roca húmeda que rezumaba agua. Después el dolor —un dolor que conocía hasta el último matiz, el dolor de un cuerpo que ha sido golpeado con método, con paciencia, por alguien que sabe exactamente cuánto puede soportar antes de romperse.
Su cuerpo.
El suyo. El verdadero. Largo, fuerte, entrenado, cubierto de c