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ASESINA PERVERSA mi reencarnación es tu pesadilla
ASESINA PERVERSA mi reencarnación es tu pesadilla
Por: Zero Lux
Capítulo 1 Perecer en la cima, renacer en la penuria

Un lugar remoto y desolado en el país de Azmar.

En el interior de un calabozo lúgubre, gruesas cadenas ataban a Noelia a una silla de metal. Los cortes y las marcas de látigo cubrían su cuerpo por completo. Brenda Carrillo había agotado cualquier método de tortura concebible en ella, disfrutando de su dolor sin permitirle el descanso de la muerte.

La mujer la observó desde arriba con evidente desprecio.

—La gran Noelia, la mejor asesina a sueldo de todas... ¿quién diría que acabarías así?

Tomó una daga de la mesa y, con un tajo certero, le cortó los tendones de la mano derecha.

—¡Ah!

Un grito desgarrador escapó de la garganta de la víctima. Jadeaba en plena agonía.

—¿Por qué? ¿Por qué me haces esto?

—Porque no eres más que una bastarda cualquiera que nadie quiere, una simple herramienta de la Organización Janus. ¡Edgar es mío! Eso es lo que pasa cuando te metes con mi hombre.

La hoja afilada se hundió sin piedad en el muslo de la prisionera. Su captora la retorció con saña, destrozando el músculo hasta dejarlo por completo dañado.

Sus siguientes palabras solo contenían odio y amargura.

—Te lo advierto, Edgar y yo nos vamos a comprometer muy pronto. Voy a destruir a todos tus aliados en la organización hasta que no quede nadie. Eres una huérfana recogida de la calle, sin nombre y sin familia. ¡Nadie se va a acordar de que exististe!

La mujer atada negaba con la cabeza, aferrándose a una última esperanza.

—¡No puede ser! ¡Él jamás permitiría algo así!

Dos sujetos arrojaron a un adolescente al interior del calabozo. Era Luis, el hermano adoptivo al que Noelia había criado. Sin dudarlo, la agresora le disparó a la pierna al chico.

—¡No! ¡Por favor, no! ¡Déjalo en paz!

El ruego resonó en la celda húmeda.

—¡Ponte de rodillas! ¡Arrodíllate y suplícame!

Ignorando el dolor de sus tendones destrozados, la prisionera se dejó caer al suelo de piedra. Inclinó la cabeza hasta golpear el piso.

—¡Señorita Carrillo, perdóneme! ¡Fui una estúpida, jamás debí hacerme ilusiones con el señor Orbán! ¡Se lo ruego, deje ir a mi hermano!

Su rival estalló en carcajadas llenas de triunfo. Acto seguido...

—¡Bang!

Una bala atravesó el cráneo de Luis.

La desesperación la consumió por completo.

—¡Luisito, no! ¡Brenda, te voy a matar! ¡Te juro que te voy a matar!

La asesina mostró una sonrisa burlona.

—¿Matarme a mí?

—¡Bang!

Un segundo proyectil impactó directo en el pecho de la víctima.

Su cuerpo se desplomó sin fuerza alguna. Mientras la consciencia se le escapaba, la voz de su verdugo sonó como un eco lejano.

—¿Quieres venganza? ¡Búscala en tu próxima vida! ¡Córtenle la cara y tírenla a la selva para que se la coman los animales!

Apenas logró sentir el metal rasgando sus mejillas antes de que la arrojaran al bosque como si fuera basura. En medio de la vasta y salvaje geografía del país extranjero, era imposible que alguien acudiera en su auxilio.

Había pecado de ingenua al confiar en ese individuo, y su castigo fue una muerte miserable. Sin embargo, juró en su último aliento que, si existía otra vida, encontraría a la causante de su desgracia y la haría pagar con creces.

...

—¡Ahg!

Un dolor agudo le partía la cabeza. Se llevó una mano a la sien y logró levantarse de la cama con torpeza. El entorno blanco y aséptico indicaba que estaba en la habitación de un hospital. Sentía el cuerpo pesado, como si cargara toneladas de plomo. Con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hasta el baño. Al mirar su reflejo en el espejo, no pudo contener un grito de terror.

—¡Aaaah!

La cara en el espejo mantenía ciertos rasgos suyos, pero estaba tan hinchada que parecía un cerdo. Se pellizcó las lonjas del abdomen, calculando que ese cuerpo pesaba por lo menos noventa kilos.

Salió del baño y revisó el expediente colgado a los pies de la cama. Los datos eran claros: Alina Quiroga, veintidós años, mujer, conmoción cerebral.

“¡Qué demonios! ¿Quién es esa tal Alina?”.

Una avalancha de recuerdos ajenos inundó su mente de golpe. Pertenecían a la hija menos querida de la familia Quiroga. Su madre biológica había fallecido años atrás. El padre de la joven, Teo, y su actual esposa, Mariza Parra, tenían a Uriel, Cindy y la pequeña Lia. La dueña original del cuerpo ocupaba el tercer lugar en la descendencia y era tratada como un estorbo. Debido a su salud frágil y sus pésimas calificaciones escolares, su propia sangre la consideraba una inútil.

En resumen, era una pobre muchacha rechazada por su papá, despreciada por su madrastra y una decepción constante para su abuelo. Todo ese maltrato la había convertido en alguien cobarde, deprimida y sin amor propio.

La exasesina dejó escapar un suspiro de frustración. Reencarnar en ese estado resultaba patético. En su vida pasada, ella había sido una mujer altiva y letal. Contaba con una condición física perfecta y una figura envidiable, atributos dignos de la mejor en su oficio.

Si con todas esas ventajas no pudo evitar que su rival la asesinara sin piedad, ¿qué oportunidades tenía ahora? Atrapada en la piel de una mujer sedentaria, gorda y torpe, parecía imposible hacerle frente a la mujer que la destruyó.

Buscó un celular en la mesita de noche y abrió el navegador para investigar a la Organización Janus. Las tendencias de espectáculos estaban dominadas por la noticia del compromiso entre Edgar y Brenda. En las fotos, la novia posaba con una actitud recatada junto al líder. Había un video adjunto donde él declaraba con una sonrisa encantadora.

—Desde luego, me voy a encargar de proteger a la mujer que amo.

Los portales de chismes no paraban de llamarlos la pareja ideal.

“¡Sí, claro, la pareja perfecta!”.

El muy infeliz le había prometido mirándola a los ojos que el viaje a Azmar sería su último encargo. Le juró que borraría su expediente del sindicato para que pudieran vivir juntos y envejecer en paz.

¿Y de qué sirvieron sus palabras?

Su infame enemiga conocía a la perfección cada detalle de su ruta de escape. La emboscó y la torturó hasta el cansancio, mientras el sujeto que supuestamente la amaba anunciaba su boda con la asesina.

¡Edgar! ¡Brenda! Ya que el destino le había dado una segunda oportunidad, se aseguraría de cobrarles cada lágrima.

Le arrebataron a Luis, le destrozaron las extremidades y le desfiguraron la cara.

Cada agravio, cada herida y cada insulto se los iba a devolver con intereses. A partir de hoy, usaría esa nueva identidad para destruirlos.

Había llegado el momento de que Alina Quiroga dejara de ser la burla de su familia y tomara el control absoluto.

Durante los días que Alina estuvo internada, absolutamente nadie fue a visitarla. A ella le pareció perfecto tener tanta tranquilidad, así que buscó al médico y solicitó un examen físico completo.

Según los recuerdos de su vida pasada, la antigua dueña de ese cuerpo siempre tomaba puñados de pastillas. Se la pasaba aturdida todo el día, con una complexión hinchada y sin fuerzas. Si quería cambiar, primero debía averiguar qué le pasaba a su organismo.

Cuando le entregaron los resultados, resultó estar en perfectas condiciones. Aparte del golpe en la cabeza por la caída accidental en las escaleras, que le provocó una leve conmoción cerebral, no tenía ningún otro padecimiento.

Entonces, ¿qué demonios eran todas esas pastillas que tomaba antes?

Al momento de recibir el alta, solo un chofer de la familia Quiroga acudió a recogerla. Bajó los escalones con bastante dificultad y enseguida terminó bañada en sudor. Para alguien que antes presumía un abdomen marcado, era insoportable lidiar con tanto peso extra. Y no era la única molesta; hasta el empleado la miraba con evidente desprecio.

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