Filtrar por
Actualizando estado
TodosEn procesoCompleto
Clasificar por
TodosPopularidadRecomendaciónEvaluaciónÚltima actualización
Esta Familia Ya No Es Mía

Esta Familia Ya No Es Mía

Ese invierno, nuestra familia se fue a esquiar a Aspen, Colorado, en Estados Unidos. Era el lugar donde más acudía la nobleza de la manada y la gente con dinero. Pero, cuando la avalancha pegó de repente, papá cargó a Susana —la hija adoptiva que dormía profundamente, y salió corriendo. Mamá, aunque en pánico, no olvidó de llevarse al perrito callejero que la Susana había recogido. Regresaron esa misma noche a la Manada Sombra Lunar, y subieron más de diez fotos al Facebook de la Manada, celebrando que la familia había salido ilesa. Nadie se acordó de mí. Yo, la hija biológica, seguía enterrada bajo la nieve, esperando que alguien me rescatara. Después, cuando finalmente me encontraron, acepté sin pensarlo la oportunidad que me dio mi mentora de irme de la Manada a estudiar. Me fui a Ciudad Central a estudiar medicina y no volví a humillarme suplicándome para que me quisieran otra vez. Pero ellos empezaron a mostrarse cada vez más nerviosos: —Lucia, ¿por qué ahora no compites por el cariño de Susana?
Cuento corto · Hombres Lobo
2.3K leídosCompleted
Leer
Añadido
La Vergüenza de los Hermanos Alfa

La Vergüenza de los Hermanos Alfa

Mis hermanos trillizos alfa me encerraron en el sótano después de que mi hermanastra Elena me echara la culpa de haber matado a su loba por haberle dado un pastel de almendras. Habían cerrado la salida con cadenas de plata, y mi loba no paraba de aullar y de rogarles que me dejaran salir. Pero mis hermanos no quisieron escuchar. Diego, mi hermano mayor, me gruñó con rabia: —¡Maldita! Sabías muy bien que era alérgica a las nueces y, aun así, le diste ese pastel. ¿Sabes lo que pudo haberle pasado a su loba? ¡Te quedas aquí hasta que aprendas la lección! Sergio, mi segundo hermano, y Carlos, mi hermano menor, me atacaron, diciendo: —¡Eres horrible! Todavía te haces la víctima en vez de aceptar lo que hiciste. ¡Quédate ahí adentro, te lo mereces! Luego se convirtieron en lobos y se llevaron a Elena, que estaba temblando como una hoja, directo al hospital de la manada. Me quedé allí, respirando con dificultad mientras el aire cargado de partículas de plata llenaba mis pulmones. Mi loba lloraba en silencio, y yo sabía que no había escapatoria. Al final, me morí ahí mismo. Tres días pasaron antes de que recordaran mi existencia. Fue hasta que Elena regresó del hospital que vinieron por mí. Pero ya era demasiado tarde… Ya había muerto en aquel sótano de plata.
Cuento corto · Hombres Lobo
2.3K leídosCompleted
Leer
Añadido
Las Tristes Memorias de un Amor Dorado

Las Tristes Memorias de un Amor Dorado

Mi esposo, quien aseguraba amarme, nos abandonó a mí y a nuestra hija para hacer su vida con otra mujer. Al mismo tiempo, Alicia Moreno, la verdadera hija rica, sin dudarlo, rompió con su novio —quien ocupaba el lugar de alguien más como falso heredero—, y se fue con Miguel, mi entonces esposo. Según sus palabras, eso era lo que llamaban «una pareja ideal». De repente, habiéndolo perdido todo, Juan Pablo, el falso heredero, en un ataque de locura, nos secuestró a mí y a mi hija, obligándome a llamar a Miguel para pedirle ayuda. Pero Miguel Ángel ignoró nuestras súplicas desesperadas y, entre risas, se burló diciendo: —No te creo absolutamente nada. Estoy seguro de que solo intentas manipularme. Al otro lado de la línea se escuchaban, de vez en cuando, los murmullos agudos y sugerentes de Alicia Moreno. Ante la impaciencia de una mente drogada y trastornada, mi hija y yo terminamos siendo apuñaladas. Después de nuestra muerte, mi esposo —quien trabajaba como maquillador de cadáveres— nos convirtió en su último trabajo antes de dejar el empleo. Aquel que nunca se preocupó por nosotras, al ver nuestros cuerpos sin vida, se derrumbó por completo. —¿Cómo puede ser esto posible? Quisiera que todo fuera mentira…
Cuento corto · Romance
1.4K leídosCompleted
Leer
Añadido
No te deseo la felicidad

No te deseo la felicidad

El día de la reunión de exalumnos, mi mejor amiga, Natalia Peña, sacó una caja de sobres sorpresa. En la parte de arriba tenía pegada una frase: “Frases de Victoria Montes, loca de amor”. Todos estallaron en risas. Alguien sacó la carta que escribí en el último año de secundaria para Ricardo Larrea: “Hoy Ricardo me sonrió, y yo también quiero regalarle mi mañana”. Otro sacó la que escribí en la universidad: “No importa que no responda mis mensajes; cuando termine con lo suyo, se acordará de mí”. Pero Ricardo nunca respondió ni una sola de las cartas que le escribí. Siempre creí que ya las había tirado. Al final, Natalia sacó la carta número noventa y nueve. Recostada contra el pecho de Ricardo, leyó entre risas: —Si un día ya no me quieres, también te desearé la felicidad. Ricardo le arrebató el papel y, entre risas, la reprendió en tono de broma: —No te pases, ella es delicada. Pero cuando dijo “no te pases” entre risas, en el fondo también esperaba verme hacer el ridículo. Mientras Natalia hojeaba las cartas, sin querer derribó la caja. Me agaché a recogerla, pero entonces vi dos líneas escritas con letras pequeñas en el fondo de la caja: “Actualización mensual”. “Solo para bromear entre nosotros”. Fue entonces cuando entendí que, para ellos, mi corazón sincero no era más que un chiste.
Cuento corto · Romance
1.5K leídosCompleted
Leer
Añadido
Me casé con otro por orden de mi esposo

Me casé con otro por orden de mi esposo

Cuando se anunció el compromiso real, la princesa Evelyne se arrojó a los brazos de mi esposo delante de todos los invitados. —No iré a Norval —sollozó, casi sin poder mantenerse en pie—. Quiero quedarme contigo. Adrián de Varenne la apartó de un empujón, haciéndola retroceder varios pasos. Luego habló con una indiferencia absoluta, como si aquel matrimonio no tuviera nada que ver con él. —Alteza, tiene el deber de cumplir con ese compromiso y aceptar su destino. Las lágrimas le empaparon el vestido, pero ni siquiera eso logró conmoverlo. A mi alrededor, las damas me felicitaban en voz baja. Decían que debía de saber manejar muy bien a mi esposo para que el duque regente me fuera tan fiel, incluso después de diez años ligado a la princesa. Sonreí sin responder. Dejé que Adrián me llevara de regreso a su residencia. Una vez allí, se sentó frente a mí y permaneció en silencio. Yo ya sabía lo que iba a decir. —¿Qué necesitas que haga? —pregunté con calma. Me miró y vaciló apenas un instante antes de responder: —Ese matrimonio es el destino de la princesa, pero no quiero que tenga que resignarse a eso. Hizo una breve pausa. —Te pareces mucho a ella. Quiero que ocupes su lugar y te cases con el hijo menor del rey de Norval. Tu padre y tu hermano regresarán a la frontera norte. Dentro de siete años, conquistarán el reino. No dudé. —De acuerdo.
Cuento corto · Romance
1.3K leídosCompleted
Leer
Añadido
Su Emperatriz, La Última en Saberlo

Su Emperatriz, La Última en Saberlo

El día de su coronación, Enrique Valcárcel me tomó de la mano ante toda la corte. —Isabel Salazar será mi única esposa. Mientras viva, no habrá ninguna otra consorte en este palacio. Durante ocho años, no hubo otras consortes en el palacio. Por protegerlo, yo había recibido una flecha envenenada, había perdido a nuestro hijo a los seis meses de embarazo y había sostenido su imperio durante las peores crisis de la corte. Todos decían que los emperadores eran fríos de corazón, pero que él era distinto con su emperatriz. Cada primavera, Enrique viajaba al sur del río para inspeccionar sus dominios. Tres veces le había pedido que me llevara con él. La primera, la emperatriz viuda enfermó de gravedad y tuve que quedarme a cuidarla. La segunda, hubo una catástrofe al norte del río; las arcas estaban vacías y los ministros me pidieron que permaneciera en la capital para organizar la ayuda. La tercera, acusaron a mi hermano mayor, Esteban Salazar, de colaborar con el enemigo. Mi padre se arrodilló frente al Palacio de la Concordia y me suplicó que salvara a nuestra familia. Cada vez, Enrique me abrazaba y decía: —Espera un año más. Cuando todo esté en calma, te llevaré yo mismo a disfrutar de la primavera al sur del río. Este año, en vísperas de su cumpleaños, no avisé a nadie de su entorno. Me puse ropa sencilla y viajé sola al palacio del sur. Quería darle una sorpresa. No había guardias en el patio trasero, solo unos manzanos ornamentales en plena floración. Bajo uno de ellos, Enrique guiaba la mano de un niño de siete años para enseñarle a escribir su nombre. El pequeño se equivocó y, afligido, se lanzó a sus brazos. —Papá. Una mujer vestida de azul se acercó con un tazón de fideos para celebrar el cumpleaños de Enrique. —Si la emperatriz se entera de que escondes aquí a tu hijo mayor, no se va a quedar de brazos cruzados. Enrique acarició la cabeza del niño. —No lo hará. A Isabel le importan el prestigio de los Salazar y su reputación como emperatriz. Además, su padre ya lo sabe. Él la hará entrar en razón. La mujer le preguntó…
Cuento corto · Romance
1.2K leídosCompleted
Leer
Añadido
Me cambiaron por gratitud, elegí el exilio

Me cambiaron por gratitud, elegí el exilio

El día que nos mudamos al nuevo apartamento, mi madre, Elizabeth Carter, envió un plano al grupo familiar. Era un apartamento de tres habitaciones y junto a cada una aparecía un nombre. La habitación principal era para mis padres y la segunda para mi hermano, Benjamin Sullivan. La habitación con más luz natural estaba marcada como "Habitación de Savannah". El padre de Savannah Keller, Liam Keller, murió ahogado años atrás mientras salvaba a Benjamin, quien había caído al agua. Tras quedar huérfana, mis padres la acogieron y la criaron como a una hija durante diez años. Amplié y reduje la imagen y la revisé dos veces. Aun así, no encontré mi nombre por ninguna parte. Le pregunté a mamá al respecto. Hizo una pausa, como si acabara de recordar aquel detalle. —Dijiste que querías postularte a una escuela de posgrado fuera de la ciudad, ¿verdad? Cuando te acepten, te mudarás. Sería un desperdicio dejar la habitación vacía. La situación de Savannah es diferente. —Su padre murió por salvar a Benjamin. No tiene a nadie más en este mundo, así que la habitación grande tiene que ser para ella. Benjamin ya estaba ayudando a Savannah a elegir las cortinas. Eran rosadas, con estampado floral, tal como le gustaban. Mientras tanto, mi novio desde hacía tres años, Wyatt Whitfield, llevó a la habitación de Savannah la estantería que acababan de armar. En voz baja, le preguntó si quería otro estante para sus figuras. Yo estaba sentada sobre una caja de cartón en la sala, observando a todos ir de un lado a otro. Fue entonces cuando lo comprendí: no era que se hubieran olvidado de mí. En el fondo, creían, sin siquiera darse cuenta, que para saldar aquella deuda de gratitud yo debía renunciar a todo lo que me pertenecía como si fuera lo más natural. Hasta Wyatt se había convertido en otra forma de compensar a Savannah. Como no había lugar para mí en aquella casa, decidí renunciar a todo y dejárselo a ellos. Bajé la cabeza y toqué la pantalla de mi teléfono. Luego firmé el acuerdo de confidencialidad para trabajar durante cinco años en una base del Noroeste, sin posibilidad de regresar a casa. Esta vez me iría de verdad y no volvería jamás.
Cuento corto · Drama Realista
1.1K leídosCompleted
Leer
Añadido
TÚ NO ERES EL PADRE

TÚ NO ERES EL PADRE

Él era arrogante y egocentrico, empeñado en no aceptar que era el padre del niño que ella llevaba en su vientre. Ella no era más que una chica que no sabía qué hacer con su embarazo. No sabía como batallar con dos hombres poderosos que solo querian silenciarla y acabar con ella. Él va a pedirle que se deshaga del bebé, ella piensa huir de él, pero un gran incendio destruye la vida de ambos. Y años más tarde, cuando él quiera arrepentirse de lo que había hecho, ella sólo tendrá para decirle: ¡TÚ NO ERES EL PADRE!
Romance
1.2K leídosOngoing
Leer
Añadido
Eligió a Mi Hermana, Me Perdió a Mí

Eligió a Mi Hermana, Me Perdió a Mí

Al regresar victorioso de la guerra, lo primero que hizo el príncipe heredero con quien me había criado fue pedir, como recompensa por sus hazañas, un decreto imperial que le permitiera casarse con mi hermana mayor, Isabel Villegas. Pero el día en que se promulgó el decreto, el emperador decidió casarme también con él, como consorte secundaria, para consolidar su control sobre el poder militar de nuestra familia, los Villegas. Bruno Figueroa se quedó mirando mi nombre en el decreto durante un largo rato. Al final, no desafió la orden. Se arrodilló e inclinó la frente hasta el suelo. —Acataré su voluntad. Después de la boda, seguí siendo tan libre y caprichosa como antes. Un día saltaba el muro para ir al teatro; al siguiente, salía de la ciudad a caballo. Si me metía en problemas, él siempre arreglaba el desastre. Isabel, en cambio, era serena y virtuosa. Administraba la casa, cuidaba de los padres de Bruno y mantenía aquella enorme residencia en perfecto orden. Él la respetaba a ella y me consentía a mí. Incluso alternaba las noches: una con ella y la siguiente conmigo. Creí que, después de todo, yo ocupaba un lugar especial en su vida. Así que moderé mi carácter, dejé a un lado el látigo de montar y empecé a ayudar a Isabel con la casa. Hasta llegué a ilusionarme con tener un hijo con él. Pero pasaron siete años. Isabel le dio tres hijos varones, uno tras otro, mientras yo seguía sin quedar embarazada. Hasta que un día derramé por accidente el tónico que llevaba siete años tomando para fortalecerme. El médico imperial, que había venido a tomarme el pulso, me dijo que aquella fórmula estaba destinada a dejarme estéril. Me quedé aturdida un buen rato. Cuando terminó de examinarme, añadió: —Señora, lleva tanto tiempo tomándolo que sus órganos ya están dañados. Aunque lo suspenda desde hoy, me temo que le quedan menos de tres meses de vida. Miré por la ventana a mi caballo, que ya había envejecido. Recordé cómo me habían obligado a casarme y cómo, por mi esposo, había renunciado a mi forma de ser y le había entregado todo mi amor. Bruno me consentía, pero no me amaba. Isabel siempre había sido la única mujer con la que quiso formar una familia. Ya bastaba. Cerré los ojos con resignación.
Cuento corto · Romance
716 leídosCompleted
Leer
Añadido
Ella no vende rosas

Ella no vende rosas

En Santa Aurelia, todos sabían que Valentina Santillán y Damián Alcázar eran como el agua y el aceite. Aunque solo era su prometida en apariencia, Valentina le había impuesto tres prohibiciones: nada de conducir a toda velocidad, nada de pasar la noche fuera de casa y, sobre todo, nada de acercarse a Abril Navarro, la mujer que seguía ocupando un lugar especial en su corazón. Pero él hacía exactamente lo contrario. Se pasaba el día conduciendo a toda velocidad por la Carretera de la Sierra, se emborrachaba en los clubes hasta perder el conocimiento o, peor aún, el día del cumpleaños de Valentina, besaba deliberadamente a Abril mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, humillando a Valentina sin piedad. Todo el mundo esperaba con curiosidad lo que iba a pasar. Estaban convencidos de que, cuando Valentina, una de las jóvenes más destacadas de la alta sociedad de Santa Aurelia, viera las fotos del beso que circulaban por las redes sociales, iría furiosa a buscar a Damián y se lo llevaría a casa por la fuerza. Una hora después de que las fotos se hicieran virales, Valentina apareció, tal como todos esperaban. Sin embargo, no armó una escena ni intentó llevárselo a casa. Simplemente se acercó a Damián con calma y extendió la mano hacia él. Su voz era tan tenue que apenas se oía. —Damián, hace siete años te regalé un amuleto de protección. ¿Puedes devolvérmelo ahora? En el reservado cayó un silencio absoluto. Damián también se quedó desconcertado. Instintivamente, se llevó la mano al amuleto que colgaba de su cuello. Siete años atrás, había sufrido un accidente mientras conducía a toda velocidad. Había pasado día y noche luchando por su vida en la unidad de cuidados intensivos. Cuando finalmente despertó, la primera persona que había visto era Valentina.
Cuento corto · Romance
449 leídosCompleted
Leer
Añadido
Anterior
1
...
161718192021
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP