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Mi FlashBoda con el Rey de Mafia

Mi FlashBoda con el Rey de Mafia

Después de diez años a su lado, siempre apoyando a Félix en todo, ayudándolo a llegar a lo más alto del poder en la mafia, yo era su mano derecha, la persona en la que más confiaba. Pero lo que nunca imaginé era lo que él había hecho a mis espaldas. Tomó nuestra isla, la que habíamos logrado con tanto trabajo y astucia, y le dio el nombre de mi mejor amiga, Lilian. La razón era tan cruel como desgarradora: ella estaba gravemente enferma, y su último deseo había sido casarse con Félix en esa isla que ahora llevaba su nombre. Félix, en su afán por guardar el secreto, les prohibió a todos que me dijeran la verdad. Pero lo que él no sabía era que Lilian, en todo momento, me iba contando, prácticamente en vivo, cada detalle de aquella farsa. Esa misma noche, lloré tanto que perdí la noción de lo que sucedía, mientras Félix pasaba la noche con Lilian, en la isla, sin importarle nadie más. Mientras yo, destrozada, yacía en un charco de sangre, luchando por respirar, él estaba junto a Lilian en el hospital. Por esto, cinco días después, acepté la propuesta de matrimonio de Harold, el rey de la mafia.
Cuento corto · Romance
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La verdadera heredera murió y toda la familia enloqueció

La verdadera heredera murió y toda la familia enloqueció

Soy la verdadera hija de mis padres, pero tres meses después de mi regreso a casa, la falsa heredera desapareció. Mi hermano determinó que yo, por celos, había obligado a la dichosa falsa heredera a huir, mientras las miradas decepcionadas de mis padres revelaban sus verdaderos pensamientos. Me mantuvieron atada en el sótano, sometiéndome a interrogatorios diarios. Aún después de muerta, enviaron mi cerebro a un instituto de investigación. Por eso más tarde, desde el cielo, observé plácidamente cómo se derrumbaban al ver mis recuerdos.
Cuento corto · Romance
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Esta Familia Ya No Es Mía

Esta Familia Ya No Es Mía

Ese invierno, nuestra familia se fue a esquiar a Aspen, Colorado, en Estados Unidos. Era el lugar donde más acudía la nobleza de la manada y la gente con dinero. Pero, cuando la avalancha pegó de repente, papá cargó a Susana —la hija adoptiva que dormía profundamente, y salió corriendo. Mamá, aunque en pánico, no olvidó de llevarse al perrito callejero que la Susana había recogido. Regresaron esa misma noche a la Manada Sombra Lunar, y subieron más de diez fotos al Facebook de la Manada, celebrando que la familia había salido ilesa. Nadie se acordó de mí. Yo, la hija biológica, seguía enterrada bajo la nieve, esperando que alguien me rescatara. Después, cuando finalmente me encontraron, acepté sin pensarlo la oportunidad que me dio mi mentora de irme de la Manada a estudiar. Me fui a Ciudad Central a estudiar medicina y no volví a humillarme suplicándome para que me quisieran otra vez. Pero ellos empezaron a mostrarse cada vez más nerviosos: —Lucia, ¿por qué ahora no compites por el cariño de Susana?
Cuento corto · Hombres Lobo
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La Vergüenza de los Hermanos Alfa

La Vergüenza de los Hermanos Alfa

Mis hermanos trillizos alfa me encerraron en el sótano después de que mi hermanastra Elena me echara la culpa de haber matado a su loba por haberle dado un pastel de almendras. Habían cerrado la salida con cadenas de plata, y mi loba no paraba de aullar y de rogarles que me dejaran salir. Pero mis hermanos no quisieron escuchar. Diego, mi hermano mayor, me gruñó con rabia: —¡Maldita! Sabías muy bien que era alérgica a las nueces y, aun así, le diste ese pastel. ¿Sabes lo que pudo haberle pasado a su loba? ¡Te quedas aquí hasta que aprendas la lección! Sergio, mi segundo hermano, y Carlos, mi hermano menor, me atacaron, diciendo: —¡Eres horrible! Todavía te haces la víctima en vez de aceptar lo que hiciste. ¡Quédate ahí adentro, te lo mereces! Luego se convirtieron en lobos y se llevaron a Elena, que estaba temblando como una hoja, directo al hospital de la manada. Me quedé allí, respirando con dificultad mientras el aire cargado de partículas de plata llenaba mis pulmones. Mi loba lloraba en silencio, y yo sabía que no había escapatoria. Al final, me morí ahí mismo. Tres días pasaron antes de que recordaran mi existencia. Fue hasta que Elena regresó del hospital que vinieron por mí. Pero ya era demasiado tarde… Ya había muerto en aquel sótano de plata.
Cuento corto · Hombres Lobo
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Las Tristes Memorias de un Amor Dorado

Las Tristes Memorias de un Amor Dorado

Mi esposo, quien aseguraba amarme, nos abandonó a mí y a nuestra hija para hacer su vida con otra mujer. Al mismo tiempo, Alicia Moreno, la verdadera hija rica, sin dudarlo, rompió con su novio —quien ocupaba el lugar de alguien más como falso heredero—, y se fue con Miguel, mi entonces esposo. Según sus palabras, eso era lo que llamaban «una pareja ideal». De repente, habiéndolo perdido todo, Juan Pablo, el falso heredero, en un ataque de locura, nos secuestró a mí y a mi hija, obligándome a llamar a Miguel para pedirle ayuda. Pero Miguel Ángel ignoró nuestras súplicas desesperadas y, entre risas, se burló diciendo: —No te creo absolutamente nada. Estoy seguro de que solo intentas manipularme. Al otro lado de la línea se escuchaban, de vez en cuando, los murmullos agudos y sugerentes de Alicia Moreno. Ante la impaciencia de una mente drogada y trastornada, mi hija y yo terminamos siendo apuñaladas. Después de nuestra muerte, mi esposo —quien trabajaba como maquillador de cadáveres— nos convirtió en su último trabajo antes de dejar el empleo. Aquel que nunca se preocupó por nosotras, al ver nuestros cuerpos sin vida, se derrumbó por completo. —¿Cómo puede ser esto posible? Quisiera que todo fuera mentira…
Cuento corto · Romance
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La Gemela que Dejaron Atrás

La Gemela que Dejaron Atrás

Mientras completábamos nuestras solicitudes en el Portal Nacional de Admisiones Universitarias, todos se reunieron alrededor de mi hermana gemela, Isabela Salazar, para ayudarla a decidir a qué universidad postularse. Mi hermano mayor, Gabriel Salazar, señaló en la pantalla la Universidad Nacional de Santa Aurelia. —Obvio que deberías postularte a la mejor universidad. Así podremos estudiar en la misma universidad y yo podré cuidarte. Mi amigo de la infancia, Mateo Ortega, empujó hacia ella el folleto de la Universidad Central de Santa Aurelia. —No le hagas caso a Gabriel. Postulémonos juntos. Así podremos ser compañeros durante los cuatro años. Mis padres sonrieron, encantados. —Qué bueno que vayas a la capital. Si tienes a alguien que te cuide, nosotros nos quedaremos tranquilos. Tardaron bastante en recordar que yo, Estrella Salazar, también acababa de presentar los exámenes nacionales de admisión universitaria. —Como tus calificaciones son bajas, postúlate a cualquier universidad de Santa Aurelia —me dijo mi madre. Sin levantar la cabeza, Gabriel asintió. —Sí. Así estaremos los cuatro en la misma ciudad y podremos reunirnos los fines de semana. Mateo me apuró como de costumbre. —El plazo para enviar las solicitudes termina en media hora. No vayas a distraerte y dejar la tuya incompleta otra vez. Mis dedos se cerraron poco a poco sobre la guía de admisiones.
Cuento corto · Drama Realista
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Fingí el Aborto y Me Quedé con Todo

Fingí el Aborto y Me Quedé con Todo

Cuando Manuel Montenegro volvió a casa con un niño de tres años, yo estaba eligiendo cunas. El pequeño tenía los mismos ojos que Renata Salcedo, el primer amor de Manuel. —Acaba de volver al país y no tiene fuerzas para ocuparse de él. A partir de ahora, yo criaré a este niño. La voz de Manuel no admitía objeciones, aunque su mirada estaba clavada en la leve curva de mi vientre. —En cuanto al que llevas dentro, abórtalo. Este niño es muy sensible y todavía no está preparado para aceptar a un hermanito. Los dedos con los que sostenía la ecografía me temblaron. Guardé silencio durante un largo rato y después asentí con docilidad. —Está bien. Haré lo que tú digas. Al día siguiente salí sola de la clínica y le entregué una constancia médica que acreditaba el aborto. Manuel la dejó sobre la mesa sin prestarle demasiada atención. —Mañana pondré a tu nombre el penthouse dúplex. Asentí con calma. —Está bien. Gracias. Al no ver ni las lágrimas ni la escena que esperaba, frunció apenas el ceño y no dijo nada más. Lo que él ignoraba era que la constancia médica era falsa y que yo seguía embarazada; la propiedad, en cambio, era muy real. Al fin y al cabo, tenía clara una cosa: el dolor podía ser verdadero, pero nunca debía nublarme el juicio. Cada rastro de culpa de un hombre tenía que convertirse en dinero.
Cuento corto · Romance
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TÚ NO ERES EL PADRE

TÚ NO ERES EL PADRE

Él era arrogante y egocentrico, empeñado en no aceptar que era el padre del niño que ella llevaba en su vientre. Ella no era más que una chica que no sabía qué hacer con su embarazo. No sabía como batallar con dos hombres poderosos que solo querian silenciarla y acabar con ella. Él va a pedirle que se deshaga del bebé, ella piensa huir de él, pero un gran incendio destruye la vida de ambos. Y años más tarde, cuando él quiera arrepentirse de lo que había hecho, ella sólo tendrá para decirle: ¡TÚ NO ERES EL PADRE!
Romance
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Renací para Dejar de Amarte

Renací para Dejar de Amarte

Yo, Adela Serrano, fui la esposa de Adrián Valverde. Nos casamos cuando ambos éramos muy jóvenes. El día de su muerte, el reino entero guardó luto y su majestad le concedió póstumamente el título de marqués de la Frontera. Yo creía que, para él, aquella había sido una vida plena. Hasta que ordené sus pertenencias. Sin querer, hice caer al suelo una pila de manuscritos con las esquinas desgastadas. Al hacerlo, una vieja caja de madera que estaba detrás también se volcó y dejó varias cartas esparcidas a mis pies. Me agaché a recogerlas. En aquellas hojas amarillentas, cada palabra estaba dedicada a la misma persona; todas comenzaban con el mismo deseo: que ella se encontrara bien cuando las recibiera. Un escalofrío me recorrió la espalda. Me quedé inmóvil, helada por lo que acababa de descubrir. Cuando yo tenía diecisiete años, Adrián viajó por orden del rey a las provincias del sur para contener unas inundaciones. A su regreso trajo consigo a Lucía Ferrer y me aseguró que solo quería recompensarla por haberle salvado la vida. Consumida por los celos, armé una escena desesperada y amenacé con quitarme la vida hasta obligarlo a enviarla lejos. Después, Adrián me abrazó con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa. —Adela, no vuelvas a asustarme así. Solo te quiero a ti. Durante el resto de mi vida, no querré a nadie más. ¿Está bien? Desde entonces, nunca hubo otra mujer a su lado. Sin embargo, mientras contemplaba las apasionadas promesas de amor que cubrían aquellas cartas, sentí que los ojos me ardían. Cuando volví a abrirlos, había regresado al día en que Adrián llevó a Lucía a nuestra casa.
Cuento corto · Romance
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Amigos Para Nunca

Amigos Para Nunca

Después del examen de admisión a la universidad, mis cuatro amigos de la infancia me hicieron jugar a verdad o reto con ellos. Cuando llegó mi turno, la chica a quien su familia acababa de reconocer como su hija biológica les preguntó a todos si se atrevían a revelar a qué universidades habían aplicado. Uno tras otro, mostraron que habían elegido la Universidad de Sierra Lejana, entre ellos Sergio Herrera, quien deslizó su formulario de preferencias universitarias hacia mí y, sonriendo, dio unos golpecitos sobre mi puntaje de noventa y cinco. —¿Te atreves a renunciar a la Universidad Nacional para que vayamos juntos? El que se eche para atrás es un cobarde. Esa noche firmé el acuerdo de ingreso anticipado delante de ellos, incluido Sergio, quien aceptó ser mi novio cuando le confesé mis sentimientos, entre los gritos de ánimo de los demás, pero no fui a buscarlos hasta que llegó mi carta de admisión y, por casualidad, vi que habían dejado encendido el proyector de la sala. En la pantalla había otro chat grupal, llamado “Protectores de Martita en la Capital”. “¿Ya firmó?” “Sí. Con cuatro formularios de preferencias universitarias falsos conseguimos que se fuera a Sierra Lejana por voluntad propia. Negocio redondo”. “Martita sí que es lista. Con un solo juego consiguió quitarnos de encima a ese chicle”. “Sergio es el que más se sacrifica porque todavía tiene que fingir que es su novio hasta que empiecen las clases”. Estaba frente a la pantalla cuando escuché que se abría la puerta a mis espaldas. Mis cuatro amigos de la infancia y Marta Cervantes se quedaron paralizados en la entrada, con la champaña que traían para celebrar su admisión a la Universidad Nacional.
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