Su Novia Secreta Ya No Lo Espera
Actuaba mal, era tímida y me encantaba el dinero. Mi única virtud era una cara que, según decían, podía hacerle perder la cabeza a cualquiera.
La primera vez que me vio, Benjamín Arellano, el premiado actor y gran estrella del cine, me propuso hacer de su novia en secreto.
Yo creí que se trataba de una gran producción y pregunté, emocionada:
—¿Me van a pagar?
Me dijo que me pagaría cien mil dólares al mes, y lo abracé en el acto. No fue por amor: con ese sueldo podría pagar la enorme penalización de mi contrato con la agencia y volver a mi pueblo a vender choripanes.
Pero Benjamín pareció entender otra cosa. Creía que, si había pasado cinco años a su lado sin pedir que hiciera pública nuestra relación ni que me reconociera como su pareja, era porque estaba perdidamente enamorada de él.
Después llegó al rodaje una actriz recién graduada. Era joven, hermosa y se parecía un poco a mí a los diecinueve años.
Se puso el primer vestido de gala que Benjamín me había regalado, ocupó mi lugar en su casa rodante y hasta se llevó a su habitación a la gata que llevábamos cuatro años cuidando.
Benjamín no la detuvo. En cambio, me miró fijamente.
—¿No tienes nada que decir?
Lo pensé en serio.
—Que no se olvide de comprar arena sin polvo. La gata tiene la nariz sensible.
Esa noche, Benjamín le dio deliberadamente a Yolanda el papel protagónico que me correspondía.
Todos pensaban que me derrumbaría, pero yo llamé a mi representante, Lorena Velasco.
—Tengo el dinero para pagar la penalización. Rescindamos el contrato. No voy a aceptar ni una película más con Benjamín.