Mundo de ficçãoIniciar sessãoAl regresar victorioso de la guerra, lo primero que hizo el príncipe heredero con quien me había criado fue pedir, como recompensa por sus hazañas, un decreto imperial que le permitiera casarse con mi hermana mayor, Isabel Villegas. Pero el día en que se promulgó el decreto, el emperador decidió casarme también con él, como consorte secundaria, para consolidar su control sobre el poder militar de nuestra familia, los Villegas. Bruno Figueroa se quedó mirando mi nombre en el decreto durante un largo rato. Al final, no desafió la orden. Se arrodilló e inclinó la frente hasta el suelo. —Acataré su voluntad. Después de la boda, seguí siendo tan libre y caprichosa como antes. Un día saltaba el muro para ir al teatro; al siguiente, salía de la ciudad a caballo. Si me metía en problemas, él siempre arreglaba el desastre. Isabel, en cambio, era serena y virtuosa. Administraba la casa, cuidaba de los padres de Bruno y mantenía aquella enorme residencia en perfecto orden. Él la respetaba a ella y me consentía a mí. Incluso alternaba las noches: una con ella y la siguiente conmigo. Creí que, después de todo, yo ocupaba un lugar especial en su vida. Así que moderé mi carácter, dejé a un lado el látigo de montar y empecé a ayudar a Isabel con la casa. Hasta llegué a ilusionarme con tener un hijo con él. Pero pasaron siete años. Isabel le dio tres hijos varones, uno tras otro, mientras yo seguía sin quedar embarazada. Hasta que un día derramé por accidente el tónico que llevaba siete años tomando para fortalecerme. El médico imperial, que había venido a tomarme el pulso, me dijo que aquella fórmula estaba destinada a dejarme estéril. Me quedé aturdida un buen rato. Cuando terminó de examinarme, añadió: —Señora, lleva tanto tiempo tomándolo que sus órganos ya están dañados. Aunque lo suspenda desde hoy, me temo que le quedan menos de tres meses de vida. Miré por la ventana a mi caballo, que ya había envejecido. Recordé cómo me habían obligado a casarme y cómo, por mi esposo, había renunciado a mi forma de ser y le había entregado todo mi amor. Bruno me consentía, pero no me amaba. Isabel siempre había sido la única mujer con la que quiso formar una familia. Ya bastaba. Cerré los ojos con resignación.
Ler maisUna vez bajo custodia del Tribunal de la Casa Imperial, Isabel comprendió que su embarazo no le había valido el perdón.Al final perdió al hijo que esperaba. El médico imperial atribuyó la pérdida al miedo y la angustia.En consideración a los servicios de la familia Villegas, el emperador no la condenó a muerte, pero ordenó que permaneciera encerrada de por vida en una residencia apartada.Juana, el encargado de la botica y quienes habían participado en la falsa fuga recibieron el castigo correspondiente a sus delitos. El médico que había ocultado la enfermedad fue destituido y enviado al exilio.Los tres hijos de Bruno quedaron al cuidado de la familia Villegas. El día que se marcharon, Julián abrazaba el pequeño arco reparado y volvía la cabeza a cada paso. Pero ya no había nadie que lo llamara con una sonrisa para que se acercara.Bruno escoltó personalmente el ataúd de Rebeca hasta la frontera. David no le permitió entrar en la sala donde la velaban, así que él pasó la noche de ro
Antes del entierro de Rebeca, Carmina volvió al palacio y dejó un pequeño arco manchado de barro frente a Bruno.—Lo sacaron del estanque.La madera se había hinchado con el agua. En ella estaba grabado, con letras torcidas, el nombre de Julián.Bruno reconoció los trazos de Rebeca. De niña, a ella le encantaba grabar nombres o conejos mal dibujados en las flechas que él usaba. Pero, desde que se casó y llegó al palacio, no había vuelto a practicar el tiro con arco.Hacer arcos para los hijos de Bruno era su manera de mantener viva aquella afición.Bruno fue a los aposentos de Rebeca. Todo parecía demasiado vacío.El látigo de montar estaba sepultado al fondo de un baúl. El arco y las flechas se habían llenado de polvo. El armario solo contenía vestidos recatados, de colores apagados.Él recordaba cuánto detestaba ella esos tonos. Recién casada, había saltado el muro vestida de rojo. Él la había traído de vuelta y la había regañado, pero esa noche se había sentado con ella en el tejado
La familia Villegas llegó al amanecer.El viejo general David Villegas no llevaba el traje de la corte, sino su vieja armadura, la misma con la que había combatido en la frontera.Entró en el dormitorio y se detuvo de golpe al ver a su hija menor en el diván.El año en que Rebeca se casó, él también había estado allí. Ella se había aferrado a su brazo, llorando, y le había dicho que no quería compartir esposo con Isabel.Pero el decreto ya se había promulgado. Ni siquiera ceder el mando de la mitad de sus tropas le había permitido a la familia Villegas librarla de aquel matrimonio.El general se acercó al diván y apartó los cabellos sueltos del rostro de su hija. Pasó un largo rato antes de que pudiera hablar, con la voz ronca.—Llegué tarde.Bruno estaba de rodillas fuera del dormitorio. Cuando sacaron el ataúd de Rebeca, intentó ayudar a cargarlo, pero David lo apartó de un empujón.—No la toques.David desenvainó la espada y apoyó el filo en el hombro de Bruno. Los guardias que los
Isabel perdió todo el color del rostro.—¿De qué habla, Alteza?Forzó una sonrisa.—Rebeca es mi familia. ¿Cómo podría hacerle daño?—El encargado de la botica y el médico ya confesaron.Bruno avanzó hacia ella, paso a paso.—¿Quieres que también traiga a Juana?El pánico asomó por un instante en los ojos de Isabel, pero enseguida recuperó la compostura.—Tal vez actuó por su cuenta. Siempre le ha preocupado que Rebeca tenga un hijo y amenace el lugar de Julián. Yo nunca le ordené que le hiciera daño a nadie.Desde afuera llegó el ruido de unas cadenas arrastrándose. Los guardias hicieron entrar a Juana. Bastaron diez golpes con la vara de castigo para que lo confesara todo.Isabel había ordenado darle el preparado para dejarla estéril. Juana había amenazado al médico. Isabel también había planeado la emboscada en el callejón abandonado.Bruno escuchó sin mostrar la menor expresión.—¿Y el colgante de jade?Juana seguía postrada en el suelo.—Lo robé del joyero de la señora mientras Ca





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