Mundo ficciónIniciar sesiónC4- VOLVER A VERLA.
La suite nupcial era lujosa, las luces bajas acariciaban los bordes de la cama de dosel y los ventanales mostraban la ciudad. Aurora estaba sentada, llevando aún su pesado vestido de novia y jugaba con su anillo, mientras el corazón le latía en la garganta.
Estaba feliz, nerviosa, pero sobre todo, segura, porque se había casado con el hombre que quería.La puerta se abrió.
Angelo entró y se detuvo en el umbral, vestido con su traje negro y la recorrió con la mirada, desde los mechones sueltos sobre sus hombros desnudos hasta la falda de seda que se acumulaba a sus pies.
Había estado en la terraza, dejando que el aire frío le golpeara la cara, debatiéndose entre la cordura y ese deseo que le quemaba las entrañas. Pero ese diablito obstinado que le susurraba al oído había ganado.
Y allí estaba ella.
Frente a la mujer más hermosa que jamás había visto.
Tragó saliva y dio un paso al interior, cerrando la puerta con un clic suave.
Se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo, luego la corbata y pronto sus dedos empezaron a abrir los puños de la camisa, moviéndose con la seguridad silenciosa de un depredador, pero su mirada no era fría; era intensa, evaluadora y caliente, como brasas cubiertas de ceniza.
Aurora alzó la vista, sus ojos café enormes en la penumbra lo encontraron, entonces, como si quisiera atentar contra su cordura, se mojó los labios.
—¿Estás… enojado?
Él se acercó lentamente.
—¿Por qué lo estaría? —dijo, su voz más grave de lo usual, ya que tenía que calmar su propio corazón.
—Bueno, es que… no te ves muy… feliz —murmuró ella, bajando la mirada de nuevo hacia sus manos.
Angelo se detuvo frente a ella y, con suavidad, le alzó la barbilla obligándola a mirarlo.
—Nadie me obliga a hacer nada, Aurora. Y menos esto.Le tomó la mano y la levantó y ella se dejó guiar.
Entonces le tomó la cara con ambas manos; sus palmas, que eran grandes y ásperas por años de entrenamiento, de armas y cuerdas, fueron deliberadamente suaves, como si temiera romperla. Sus pulgares acariciaron sus pómulos y Aurora cerró los ojos, mientras un temblor leve le recorría la espalda, fruto de la descarga eléctrica del contacto.
Él no se apresuró.
En cambio, inclinó la cabeza y dejó un beso en su mejilla, luego recorrió la misma línea con la punta de la nariz, embebiéndose de su olor, una mezcla de jazmín y piel limpia.
—Si en algún momento quieres que pare, di 'alto'. Y será alto. ¿Entendido?
Ella abrió los ojos y negó con la cabeza, con una chispa de determinación en su mirada.
—No voy a querer que pares.
La frase lo golpeó por dentro, dándole una sacudida en el pecho, y respiró hondo, contenido, y luego, sin decir nada, se ocupó de los cierres de su vestido. Bajó la cremallera y sus nudillos trazaron la curva de su espalda al bajar el cierre, y luego sus labios besaron la nueva piel expuesta en la nuca.
Aurora suspiraba, con los ojos cerrados, entregada al nerviosismo y a la expectativa.
Y cuando el vestido fue solo un charco de seda en el suelo y ella quedó en la delicada lencería blanca de novia, él la observó sin disimulo. Su mirada era de admiración genuina y de un hambre que ya no podía ocultar.—Eres más hermosa de lo que me atreví a imaginarme —confesó.
El estómago de Aurora vibró, como si un revoloteo de mariposas fuera liberado. Entonces él la guio hacia la cama y la acostó sobre las sábanas frescas, mientras ella lo miraba desvestirse y no pudo evitar la reacción instintiva de su cuerpo al verlo.
Era poderoso, ancho de hombros, con la musculatura definida y dura de un marine y, cuando quedó solo en sus boxers, se colocó sobre ella, pero soportando su peso con los brazos, sin aplastarla.
Y comenzó a besarla.
No solo en la boca, sus labios encontraron la línea de su mandíbula, el hueco tembloroso de su clavícula, la palma de su mano que él llevó a su boca.
—La piel aquí… es más fina. Más sensible —le explicó en un susurro.
Aurora, envalentonada por sus palabras, se atrevió a tocar y sus manos exploraron su torso, sintiendo los músculos duros que se tensaban bajo su contacto. Angelo subió con besos lentos hasta encontrar su boca, rozó sus labios, una y otra vez.
—Son lo más dulce que he probado —murmuró.
Y entonces la besó de verdad.
Fue un beso profundo, consumidor, que no pedía permiso pero daba todo a cambio. Un beso que Aurora respondió en su inexperiencia.
Pero cuando estuvo a punto de entrar, se detuvo, ya con su frente perlada de sudor, cada músculo de sus brazos y cuello, tensos por el esfuerzo monumental de controlarse. Aurora vio su lucha interna, vio al SEAL que dominaba cada situación al borde del precipicio por ella y eso la excitó como nunca.
Buscó sus labios y lo besó con firmeza y luego le susurró.
—No tengas miedo. Siempre he querido ser tuya.
Esa frase lo rompió.
Y Angelo dejó escapar un gruñido ronco y la besó con una intensidad renovada, movido por una ola de emoción pura. La penetró entonces, en un movimiento fluido y poseedor, entrelazando sus dedos con los de ella sobre la almohada, mientras sus ojos azules y ardientes se clavaban en los de ella, buscando cualquier señal de dolor.
Pero todo lo que vio fue placer y un asombro gozoso que iluminó su rostro.
Al principio, Angelo marcó el ritmo: pausado, profundo, permitiéndole adaptarse a su cuerpo, a su tamaño. Pero Aurora, en su inocencia, respondió con una entrega total. Sus piernas lo rodearon, sus caderas encontraron el vaivén del suyo y sus uñas se clavaron levemente en la piel de su espalda, trazando líneas de posesión.
Él vio que ella no solo toleraba, sino que disfrutaba, que su cuerpo le respondía con arqueos y susurros ahogados.
Y entonces, su dominio se quebró.
El ritmo se aceleró, se volvió más urgente, un ímpetu que ya no podía contener. Pero sus manos nunca dejaron de acariciarla, sus labios nunca dejaron de murmurar su nombre contra su piel.
—Aurora… Aurora… —como un hechizo, una plegaria.
Ella se entregó por completo, ahogando su nombre en gritos contenidos y finalmente llegó al clímax primero, con un sobresalto y un temblor que la recorrió de pies a cabeza y ahogó el grito final contra su hombro, mordiendo la piel salada.
Esa rendición total fue el detonante para él, quien con un gemido gutural que salió de lo más profundo de su ser, la siguió.
Y en el instante exacto del orgasmo, sus miradas se encontraron de nuevo, y hubo algo más que placer físico: hubo un reconocimiento absoluto, íntimo y devastador. Como si en ese segundo, todas las máscaras, los trajes, las promesas públicas, cayeran y solo quedaran ellos.
Angelo y Aurora.
Fundidos, reales, y completamente perdidos el uno en el otro.
La alarma sonó de golpe y Angelo abrió los ojos con un sobresalto, el pecho subiendo y bajando con fuerza. La habitación estaba en penumbra, la misma habitación que una vez había compartido con la mujer de sus sueños.
Apagó la alarma con un manotazo y miró la hora.
Nueve de la mañana.
Bufó y se dejó caer otra vez contra el colchón, con la camisa pegada a su piel, el cabello húmedo, el corazón aún acelerado.
El sueño no se iba.
Seguía allí, nítido, persistente, como si se hubiera quedado atrapado entre las sábanas.
—¿Por qué…? —murmuró, pasando una mano por su rostro—. ¿Por qué estoy recordándote?
Cerró los ojos un segundo y la imagen volvió sin pedir permiso.
Aurora.
Su voz baja.
Su cuerpo temblando bajo el.
Aquella única noche que compartieron de verdad, sin reproches, sin silencios, sin orgullo de por medio. Nunca lo dijo en voz alta, pero jamás logró sacarla de su cabeza.
Pero inspiró hondo, intentando apartarlo.No funcionó, nunca lo hacía.
—¿Alguna vez pensaste en mí…? —dijo en voz baja, casi con rabia contenida, porque de alguna manera que ella lo haya ignorado por nueve años, le dolía—. ¿Durante estos años… soñaste conmigo como yo he soñado contigo?
Abrió los ojos con brusquedad, molesto consigo mismo, entonces el teléfono vibró.
Lo tomó sin pensar y, al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa breve e involuntaria le cruzó el rostro.
Era Abuela.Abrió el mensaje y la sonrisa desapareció.
"Angelo, Aurora llegará hoy en unas horas. Ve al aeropuerto por ella."
El aire se le atascó en el pecho.
Releyó el mensaje una vez, luego otra y sintió la misma presión extraña, como un golpe seco justo bajo las costillas, se incorporó rápidamente.
¿Aurora? ¿Londres? ¿Hoy?
No dijo nada.
No pudo.
Se quedó sentado en la cama, con el teléfono apretado en la mano, la mirada fija en la pared, mientras una emoción peligrosa empezaba a abrirse paso.
Y por primera vez en años, Angelo Russo supo que no estaba preparado para volver a ver a su esposa.







