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"La silueta de Emiliano recortaba el horizonte con una rectitud militar. Lucía se detuvo en seco, el corazón martillándole las costillas. No debería estar ahí. A menos que... la haya reconocido Alexander. ¿Había sido él quien le dio la pista? La sospecha era tan peligrosa como el enemigo que tenían enfrente."

No... es imposible que me haya reconocido —susurró para sí misma, con la voz quebrada por el miedo así que tenía que seguir adelante y no podía dejarse agarrar.

Me pegué contra la fría pared de piedra, conteniendo el aliento mientras los haces de luz de las linternas barrían frenéticamente las ventanas del convento. Me imaginé el terror de Sor Úrsula y las demás monjas y sentí cómo el pánico amenazaba con paralizarme las piernas. Entonces, como un rayo de luz en medio de la oscuridad, la nota de Alexander resonó en mi mente: 'Demostraste poder caminar en el mundo del demonio'. Si sobreviví a eso, este infierno será pan comido. Enderecé la espalda y me preparé.

El chirrido de las botas sobre la grava me sacó de mis pensamientos. Estaban más cerca, Sin esperar a que la luz me delatara, me deslicé por la sombra del muro hacia el viejo huerto.

Corri hacia la parte trasera, pero al doblar la esquina, me topó de frente con uno de los sicarios. El hombre sonrió, mostrando unos dientes amarillentos, y levantó su radio.

jefe la tengo… Está en el huer…— no pudo terminar ya que impulso por un instinto de supervivencia que no sabía que tenía, levantar una pesada maceta de barro que había yo hecho unos días antes y la estrelló contra la cabeza del hombre con todas mis fuerzas. El sicario cayó al suelo, aturdido. No me detuvo a mirar, si no salte sobre su cuerpo y corri hacia la tapia como pudo escale las piedras con las manos algo ensangrentadas, impulsadas por la adrenalina, al llegar a la cima de la barda donde veo las luces del pueblo.

¡Ahí está! ¡En la barda! —gritaron desde abajo.

Se nos escapa— grita otro corriendo a dónde estaba montada.

Disparen a las piernas! ¡La queremos viva,pero no entera! —gritó Emiliano.

Cerré los ojos y me preparé para el impacto de una bala pero antes de tocar mi pierna, el aire fue desgarrado por un instante, el sonido distinto al de una ametralladora rugido.

rat-tat-tat-tat

Vi como el sicario que me tenía en la mira cayó hacia atrás como si hubiera sido golpeado por un mazo invisible, los disparos más certeros y quirúrgicos impactaron en los motores de las camionetas de mi padre provocando chispas y humo, obligando a los atacantes a cubrirse y buscar cobertura desesperadamente. Los hombres de mi padre, confundidos por el fuego de precisión que venía desde las alturas, intentaban localizar de dónde venía los tiros en algún lugar exacto.

Aproveche esa distracción, caí al suelo tras el salto sin mirar atrás me tragué el miedo y me eché a correr hacia la profundidad del bosque. Mientras que la persona desde su posición en las alturas, seguía disparando para frenar a los hombres de mi padre,Sabía que eran los hombres de Alexander que me habían ayudado a frenarlos mientras yo corría hacia el bosque.

Por otro lado Elías junto con dos hombres más seguían disparando para lograr retrasar a los hombres de don Valeriano y tener unos minutos de ventaja, más nunca pensó que fuera tan escurridiza que en cuestión de segundos la fuera a perder de vista la silueta de Lucía.Cuando logró bajar de la colina, solo encontró las huellas de los zapatos de Lucia hundiéndose en el lodo, alejándose en una dirección incierta. -

¡Miarda! — grito de desesperación sabía que Alexander se enojaría pues se la había recomendado mucho. Sin esperar más tomo el teléfono y marco —la perdí de vista — escuché su maldición detrás del telefono— corrió hacia el bosque, trataré de seguir su huella — fue todo lo que dije para colgar y organizar a los hombres que tengo arriba de la colina.

Mientras tanto Lucia corría con los pulmones ardiendo, sintiendo que el aire frío de la madrugada le cortara la garganta como una navaja. No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo, pero el peso de la mochila con los libros de su padre parecía aumentar con cada paso. Sus pies se hundían cada vez más en el lodo dando tropezones con las raíces logrando que un zapato quedará ahi, se desgarro la ropa con las espinas a su paso, pero con un miedo a ser atrapada por la gente de su padre.

Se detuvo un segundo, apoyándose contra un tronco sucio y rugoso de un roble milenario. Su respiración era lo único que rompía el silencio, hasta que escuchó los ladrido lejos de los perros y el sonido de ramas quebrándose.

No... todavía no —susurró para sí mismo apretando la medalla de Alexander que colgaba de su cuello.

Sacó un pequeño mapa que había arrancado de un libro en la biblioteca del convento, pero en la oscuridad total era casi imposible leerlo. De repente, una luz blanca cruzó el cielo por encima de los árboles, un dron lo buscaba entre medio de la oscuridad, se pegó al suelo cubriéndose con su abrigo oscuro rezando algo que sor Úrsula le habia enseñado bien para que el sensor térmico no detectara el calor de su cuerpo agitado.

Cuando el zumbido del dron se alejó, se puso en pie pero cometió un grandísimo error.

En su desesperación por alejarse de los hombres de su padre, se desvió del sendero principal y terminó frente a un barranco profundo." Estaba atrapada." A sus espaldas las linternas de los hombres de su padre empezaban a iluminar los troncos de los árboles, acercándose como una hilera de ojos, brillantes.

¡Por aquí! ¡He encontrado huellas frescas! —gritó una voz que hizo que se le helara la sangre. Era el hombre que le había disparado Alexander, la estaba buscando y estaba a menos de veinte metros de ella.

¡Aquí está un zapato!— gritó otro de los hombres, y su voz sonó peligrosamente cerca de la grieta. Lucía sintió que el corazón le iba a estallar en el pecho mientras los gritos y el chasquido de los seguros de las armas se hacían cada vez más fuertes, acorralando la

Quedó mirando hacia abajo la oscuridad del barranco y luego hacia la mochila. Si la atrapaban, los libros volverían a su padre. En ese momento, recordó la mirada de Alexander en la bodega. Si él no se había rendido entonces ella tampoco lo haría.

En el cielo la silueta oscura de un dron apareció, se mantenía estática como un ojo vigilante, desde el cielo con un infrarojo le marcaba el camino. Con las manos temblando, Lucía no saltó al vacío en su lugar, se deslizó con extremo cuidado por la ladera empinada.

El miedo la atenazaba, pero fue asegurándose con los pies en cada saliente, mientras sus dedos se aferraban con fuerza a las rocas para no caer. Siguiendo la dirección que el dron le señalaba desde lo alto, logró alcanzar una pequeña grieta natural entre las rocas, ocultándose justo en ese instante en que la primera linterna barría el lugar donde ella había estado parada hace un segundo.

Estaba hundida en la grieta, con la espalda pegada a la piedra húmeda y el corazón queriendo saltar de su pecho. A pocos metros sobre su cabeza, escuchaba el crujir de las botas de los hombres de su padre sobre la hojarasca. El traidor estaba allí, olfateando el rastro como un animal.

Aquí no hay rastro de ella —dijo el hombre, pateando con furia una piedra que rodó hacia el abismo—. No puede ser tan estúpida como para haberse lanzado al vacío, pero sigan revisando

¡No ha de estar muy lejos!— rugió Emiliano, barriendo la oscuridad con su propia linterna, furioso por no haberla atrapado ya. —¡Sigan buscando! ¡Si esa maldita monja escapa, se las verán conmigo!— gritó, soltando una maldición que se perdió en el viento.

Mientras se lograba escuchar cómo se alejaban, de repente —” El dron” — viendo como regresaba pero esta vez no pasó de largo si no que vio cómo descendió quedando suspendido justo frente a la grieta donde estaba Lucia. Una pequeña luz roja parpadeó y de un diminuto altavoz salió la voz de Alexander distorsionada pero inconfundible.

Lucia... no te muevas —susurró la voz desde el dron—. Sé que estás ahí. Elías no pudo llegar a tiempo pero yo te tengo en el visor térmico. Escúchame, Vargas y Emiliano están justo cerca de ahí, Elías está tratando de alejarlos. Si das un paso en falso se dará cuánta adonde estás.

Lucía contuvo el aliento, mirando fijamente el pequeño lente de la cámara del dron como si fuera un ojo humano. Estiró la mano con lentitud, sintiendo el frío metal del dispositivo bajo la punta de sus dedos. Fue un contacto breve, casi imperceptible, pero cerró los ojos por un segundo, aferrándose a la ilusión de que, al tocar la máquina, estaba rozando la mano de Alexander a kilómetros de distancia, sintiendo su protección a través de la tecnología.

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