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Valeriano colgó,el silencio pesaba como plomo. Miró el hueco en el estante,recordando los libros con los que podían destruirlos.De pronto, estalló. Con velocidad animal, estampó a Emiliano contra la pared, haciendo vibrar los cuadros de la oficina

Bajo tu nariz, Emiliano— siseó Valeriano, a centímetros de su rostro— ¡Dices que buscaba "tarea" y la dejas salir como si esto fuera una biblioteca pública! ¿Eres imbécil o estás de su lado?

¡Yo no sabía que Mario la dejaría pasar!—balbuceó Emiliano ante la furia de su jefe—Ella siempre entra aquí.

Valeriano lo empujó con asco y revisó la estantería: faltaban las pruebas, no los libros. El misterio de su huida cobró un sentido aterrador: Lucía no jugaba a la escuela, estaba robando su poder.

Salió del despacho hacia el pasillo principal, donde sus hombres se estaban alistando para salir, La atmósfera se volvió eléctrica, cargada de un peligro inminente.

¡Escúchame bien!—ladró Valeriano, su voz resonando en toda la casa—Lucía se llevó lo que no le pertenece. Quiero que cierren todas las salidas de la ciudad. Revisen terminales, hostales y cada rincón donde esa niña pueda esconderse.

Se detuvo frente a emiliano, clavándole una mirada letal—La quiero aquí antes de que salga el sol. Si alguien se interpone, lo apartan. Si intenta hablar con la policía o si intenta ayudarla le cierran la boca como sea. Pero traigan esos libros de vuelta, o sus cabezas serán las que le entreguen a Vincenzo para explicar este desastre.

¿Quedó claro?

si jefe—respondió Emiliano— ya escucharon

Eran las 17:48 pm en una de las avenidas principales, bloqueada por camionetas negras, Emiliano estaba de pie junto a la puerta de su vehículo, fumando con nerviosismo mientras escuchaba el reporte de las radios. Valeriano lo llamaba cada diez minutos exigiendo resultados, y la presión era insoportable. De repente, la radio chirrió.

Equipo 4! Objetivo localizado. Mujer característica Lucía abordando taxi gris, estación de tren. Mochila oscura. Iniciamos persecución."

Emiliano sintió que el alma le volvía al cuerpo —¡No la pierdan de vista! —ordenó por la radio—. ¡Intercepten ese taxi antes de que salga del perímetro! ¡Vayan todos para allá!

En segundos, tres camionetas rugieron saliendo disparadas hacia la estación. Emiliano encabezaba la persecución, aferrado al volante; atrapar a Lucía era su única salvación.

Cerraron el taxi en un semáforo, frenando en seco para bloquearle el paso. Los hombres de Valeriano descendieron con armas desenfundadas, rodeando el vehículo al instante.

¡Bájate del coche! ¡Se acabó!— rugió.— Pero la mujer que bajó del taxi no era Lucía. Era una joven aterrorizada, que lloraba del susto, con el pelo castaño similar pero con rasgos completamente diferentes. Llevaba una mochila, sí, pero al abrirla solo encontraron ropa de gimnasio y un termo de agua.

¡Maldita sea, no es ella!—gritó Emiliano, lanzando un golpe al aire—¡Nos han hecho perder quince minutos! ¡Si Valeriano se entera, estamos muertos! ¡Busquen otra vez!.

El teléfono de Emiliano vibró. valeriano. La pantalla parecía quemarle la mano. Sabía que informarle de la pista falsa era firmar su sentencia de muerte.

¿Señor?—contestó, con la voz quebrada.

Dime que la tienes, Emiliano —la voz de Valeriano era un susurro gélido, casi imperceptible—Dime que ese movimiento es porque lo tienes.

Emiliano miró a la chica desconocida que seguía llorando, Sintió que el aire le faltaba—Fue... una falsa alarma, señor.Pero estamos rastreando la zona, estamos cerca

¡Inútiles!¡Mientras ustedes persiguen fantasmas, ella se aleja más! ¡Si no me traen a Lucía en la próxima hora, tú mismo se lo dirás a vicenzo.

Valeriano colgó, dejando a Emiliano temblando. Entre el caos de la calle, rugió órdenes para reorganizar a sus hombres tras el fiasco. De repente, su teléfono privado vibro

Emiliano dudó un segundo antes de contestar. Si fuera Valeriano otra vez, no sabría qué decirle— ¿Sí?—dijo, con voz cautelosa

Emiliano— hablo Vargas alejándose del ruido de las sirenas—Te escucho agitado Emiliano —dijo en voz rasposa—. Parece que tu presa ya cruzó el puente.

Emiliano apretó el teléfono con fuerza —vargas No tengo tiempo para tus acertijos.

Relájate —dijo Vargas con tono burlón—Mientras ustedes revisan el centro, yo acabo de ver a la "princesita" de Valeriano.

La voz de Vargas era cargada de veneno—. estaba cazando una presa cuando la vi— Emiliano se puso tenso, apartando el mapa de la mesa.

¿De qué hablas?

La vi en el convento de Santa Marta, el que está en el camino viejo— Emiliano sintió un golpe de adrenalina.

un convento? ¿Estás seguro que es ella? Ha pasado una semana, Vargas.

Estoy seguro, Emiliano. No preguntes cómo, pero la vi. Está camuflada entre las monjas, lleva un hábito —dijo la voz al otro lado.​Emiliano apretó el teléfono, con una sonrisa oscura dibujando en su rostro.

¿Un convento? —soltó una carcajada seca—. Irónico. Escucha bien, Vargas vigila, voy en camino

Pero mi silencio tiene precio, Emiliano —advirtió Vargas.

Si me ayudas a atraparla, te pagaré lo que quieras—​Vargas colgó. Cinco minutos después, la ubicación llegó al teléfono. Emiliano se levantó de un salto, sintiendo que por fin tenía la oportunidad de redimirse ante Valeriano.

¡Muchachos, prepárense! —bramó hacia el pasillo— ¡La tenemos! ¡Vamos a traerla a casa y a terminar con esto de ahora mismo!.

Mientras en la mansión, Valeriano estaba en su balcón, observando las luces de la ciudad y calculando qué le diría a Vincenzo cuando el plazo expirara. El silencio de la noche se rompió cuando su teléfono personal —el que solo Emiliano usaba para emergencias— empezó a sonar con fuerza.

¿Qué quieres, Emiliano? Más te vale que no sea para pedirme más tiempo.

¡Señor, la tenemos! —se escuchaba el ruido del viento y el motor de su camioneta de fondo

Valeriano se enderezó de golpe, apretando el barandal de mármol —Dime que no es una mentira, Emiliano.

No salió del país como pensábamos. Ha estado escondida durante toda esta semana en el convento de las colinas. Esta refugiada entre unas monjas.

Valeriano cerró los ojos un segundo, soltando un suspiro que era mitad alivio y mitad odio puro — Siete días escondida en un convento mientras ustedes sin saber que ella no estaba.

¿Estás seguro?

si señor estoy mandado a los hombres a cerrar las rutas de escape de esa zona.

Valeriano soltó una risa seca y peligrosa—No des ninguna orden todavía. No quiero que muevan un solo dedo hasta que yo llegue. No quiero que sospeche ni que tenga tiempo de esconder esos libros en algún agujero de las paredes.

Entendido, señor. ¿Qué hacemos?

Mantén vigilancia a distancia, voy en camino. Lucía aprenderá que no hay cruz lo bastante grande para esconderse. ¡No le quites los ojos de encima a ese edificio! ¡Muevanse¡

Emiliano observaba desde los binoculares, oculto entre los matorrales a unos cien metros del convento. La orden de Valeriano había sido clara: "No te muevas hasta que yo llegue". Emiliano conocía a Lucía, era escurridiza, y la paz que emanaba de ese edificio le ponía los pelos de punta.

De pronto,un parpadeo de luz en una de las ventanas superiores y un movimiento rápido de sombras. Algo no cuadraba. No parecía el movimiento pausado de una monja, sino alguien preparándose para huir.

Maldita sea... —susurró Emiliano. Miró el reloj. Valeriano tardaría al menos media hora más por los caminos de tierra—. Si espero, se nos va.

Señor, el patrón dijo que esperábamos. Si entramos ahora y algo sale mal, nos cortará la cabeza.

Y si se escapa mientras estamos aquí sentados mirando las estrellas, nos la cortará de todos modos —respondió Emiliano, guardando los binoculares y desenfundando su arma—. Algo está pasando. Lucía no es tonta, debe haber sentido que el cerco se cierra.

lEmiliano tomó la radio y bajó la voz, pero con un tono de autoridad letal —A todas las unidades. Olviden la orden de espera. El patrón viene en camino, pero nosotros vamos a asegurar el perímetro ya, equipo 1, por la puerta de servicio trasera, equipo 2, conmigo a la entrada principal. No quiero disparos a menos que sea necesario, queremos los libros intactos.

Pero, señor... ¿y la seguridad del lugar? —preguntó un hombre.

Son monjas, idiota, no el ejército! ¡Muévanse! —rugió Emiliano saltando de la camioneta.

Corrió agachado hacia el muro del convento, con la adrenalina hablándole el juicio. Su plan: entrar, atrapar a Lucía y recuperar la mochila antes de que llegara Valeriano. Sería el héroe.Al llegar a la pesada puerta de madera, Emiliano no tocó. Le hizo una seña a dos de sus hombres más pesados.

A la de tres. Uno... dos... El estruendo de la puerta siendo golpeada rompió el silencio sagrado de la noche, marcando el inicio del fin.

Valeriano no contempló ser atacado por unas ráfagas de bala, y varios hombres heridos. Se giró hacia Emiliano vibrando de intensidad

Dime que la tienes, Emiliano. Dime que mi hija está en el coche, lista para ser "reubicada".

Señor Lucía se fue. El convento era una fachada. Alguien la sacó antes. Hay rastro de sangre y señales de lucha. Huyó al bosque. Intentamos seguirla, pero nos emboscaron desde la altura.

Valeriano se volteó lentamente. Sus ojos eran dos brasas de puro odio, capaces de estrangular a Emiliano con la mirada. Emiliano retrocedió un paso, paralizado por el terror ante la furia inminente de su jefe

¿El bosque? —rugió Valeriano—. ¿Me dices que una niña que apenas conocía el mundo burló a mis hombres y se perdió en la maleza

No se fue sola, Don Valeriano — balbuceó Emiliano

Escúchame bien. No me importa si tienes que quemar cada maldito árbol de ese bosque. pero quiero a Lucia de vuelta.

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