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cirugía a flor de piel

Elías llegó derrapando, con los faros de la camioneta rajando la niebla. Al bajar, se le heló la sangre: Alexander y Lucía estaban entrelazados en el suelo, heridos, manchando la tierra con un solo charco de sangre espesa.

¡Señor! ¡Lucía! —gritó Elías, corriendo hacia ellos!

¡A la camioneta! ¡Muévase! —rugió Alexander mientras acomodaba a Lucía en el asiento con una delicadeza que contrastaba con su rabia. Antes de cerrar la puerta, señaló con desprecio a Vargas, que gemía en el suelo—A ese animal... súbelo. Que no muera todavía esa rata aún tiene mucho que cantar

Elías arrojó la mochila con los libros y la cámara al asiento del copiloto y hundió el pedal. Los neumáticos chirriaron dejando atrás una nube de polvo y grava. Dentro, el silencio se volvió denso, solo roto por la respiración agitada de Lucía,sus manos, antes firmes, ahora estaban empapadas de un rojo intenso

¡Mantente despierta, Lucía! ¡No cierres los ojos! —ordenó Alexander, con la voz quebrada. Con mano torpe, marcó el acceso rápido. Al segundo tono, la voz profesional de Alexa cortó el caos.

¿Alexander? —dijo Alexa al otro lado de la línea

¡Alexa! Le dieron en el abdomen... hay demasiada sangre —logró decir Alexander, con la respiración entrecortada—. Si la pierdo, se acaba todo.

Tápale ese agujero y no dejes que se apague —sentenció ella, con la frialdad de quien ha visto demasiada muerte—. Tienen diez minutos si Elías le mete la pata. No permitas que cierre los ojos, Alexander mantenla despierta.

Alexander colgó y pegó su frente a la de Lucía. Ella estaba pálida, con la piel gélida, pero sus ojos aún buscaban los de él ​—Alexa te va a salvar —le susurró al oído mientras la camioneta devoraba la carretera—Mi hermana es la mejor, ¿me oyes? Vas a estar bien. Todavía tienes que ver cómo destruyo el imperio de tu padre. No te atrevas a dejarme solo ahora—​Elías los observó por el retrovisor con el rostro endurecido. Jamás había visto a Alexander así. Pisó a fondo, forzando el motor al límite; el destino de todos dependía de que Alexa pudiera remendar lo que el plomo había destrozado

La camioneta frenó en seco frente a la entrada del refugio, una estructura de piedra oculta entre los pinos. Elías saltó del asiento del conductor antes de que el motor se apagará por completo.

Alexander bajó de la parte trasera cargando a Lucía. Ella estaba cada vez más pálida, el contraste de su sangre contra el suelo de piedra del refugio era aterrador ¡Abran la puerta!.

Ponla aquí! —ordenó Alexa, señalando la camilla improvisada, el lugar que antes usaban para planear sus ataques y que ahora se convertiría en un quirófano improvisado— Alexander, presiona la herida y no te quites. Elías, vierte el alcohol,necesito ver dónde está el plomo—

Mientras el líquido transparente limpiaba la sangre, Alexa rasgó el hábito de Lucía con un bisturí. La bala seguía allí, hundida en el abdomen.

¡Date prisa, Alexa! —rugió Alexander, con el rostro desencajado—¡Se me va!.

¡Cállate y sostéla! —le cortó ella, sin levantar la vista—. No dejes que el frío la venza. Si quieres que viva, haz lo que te digo—Se sentó en la cabecera de la mesa y tomó la mano de Lucía entre las suyas la entrelazando sus dedos manchados de sangre

Mírame a mí, Lucía —le susurró Alexander, ignorando el caos a su alrededor—Estamos en el refugio. Aquí nadie puede tocarte.

El salón del refugio quedó en penumbra, iluminado únicamente por dos potentes lámparas halógenas que Elías había colocado sobre la mesa. Alexa ya no era la hermana de Alexander era una cirujana de guerra. Se movía con una precisión mecánica, sin que le temblara un solo músculo.

Elías, Alexander, manténganla fija. Si se mueve mientras estoy dentro, el daño será irreversible —sentenció Alexa, liberando el escalpelo con un movimiento preciso—Alexander obedeció, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello amenazaban con estallar. No podía apartar los ojos de Lucía, ella era un mapa de agonía, empapada en el sudor frío de la fiebre y el shock

Voy a entrar —anunció Alexa.

El silencio fue sepulcral, Alexa hundió las pinzas con una precisión quirúrgica que helaba la sangre. Lucía soltó un quejido ahogado, un sonido animal que hizo que Alexander apretara los hombros de la mujer con más fuerza, casi queriendo absorber él mismo el dolor.

La tengo —susurró Alexa.—Tras un segundo de tensión insoportable, se escuchó un clic metálico. Alexa soltó la bala deformada sobre una bandeja de acero—Ya está fuera. Ahora viene lo difícil.

En ese instante, Lucía abrió los ojos. No fue una mirada clara, sus ojos estaban nublados por la fiebre, perdidos. Su mano, débil y temblorosa, buscó a tientas la de Alexander hasta encontrar su camisa empapada de sangre—Alexander... —susurró, con un hilo de voz que apenas cortaba el silencio—No... no dejes que me lleven de vuelta al pozo.

Alexander se inclinó, pegando su frente a la de ella, dejando que sus lágrimas se mezclaran con el sudor de Lucía—Nadie te va a tocar —le juró al oído, con una voz que prometía cenizas para sus enemigos—Antes quemo este mundo entero que dejarte ir.

Elías, el cauterizador y la sutura. ¡Ya! —ordenó Alexa. El humo y el olor a carne quemada llenaron el refugio mientras sellaban los vasos sanguíneos—Se salvó por milímetros, el plomo no tocó la arteria, pero hizo un desastre ahí dentro.

Alexander no parpadeaba, observando cómo las manos de su hermana volaban, cerrando la carne con puntos rápidos y perfectos. Al terminar, Alexa se arrancó los guantes manchados de rojo y clavó la mirada en su hermano—Es dura, Alexander —dijo, con la voz pastosa por el cansancio—Perdió mucha sangre, pero ese corazón se negó a rendirse. Ahora le daré morfina para el dolor si pasa la noche sin que la fiebre la consuma, habremos ganado. Será toda tuya otra vez.

Alexa se bajó la mascarilla y observó a su hermano. Notó el temblor imperceptible en su mano, la misma que era capaz de apretar un gatillo sin dudar, ahora temblaba cerca de la piel de Lucía—Está fuera de peligro —soltó Alexa, rompiendo el silencio denso—La bala no tocó nada vital, pero el suelo de esa cueva se quedó con casi toda su sangre. Diez minutos más, Alexander, y ahora mismo estarías cargando un cadáver.

Alexander cerró los ojos y soltó un suspiro ronco, como si el aire le hubiera faltado desde el momento del disparo. Por un segundo, el monstruo que todos temían desapareció, dejando solo a un hombre aterrado.

Gracias, Alexa —susurró sin apartar la vista de Lucia.

Alexa le puso una mano firme en el hombro, obligándolo a sostenerle la mirada. Sus ojos grises eran dos cuchillas—Ahórrate los agradecimientos.... Ahora que está a salvo, quiero la verdad —Alexa bajó la voz, pero el tono era afilado—Te vi sostenerla. Vi ese pánico en tus ojos que no sentiste ni cuando nos emboscaron en Sicilia. ¿Qué es ella para ti, Alexander? ¿Qué siente el gran heredero por la mujer que medio mundo quiere muerta?

Alexander apretó la mandíbula. Buscó una respuesta lógica que hablara de negocios o estrategia, pero el aire se le quedó atorado—Es... necesaria —logró decir, aunque su voz lo traicionó.

No me des respuestas vacías —le espetó Alexa—. ¿Es un activo, un juguete o algo más? Estás quemando el imperio por ella—Alexander se puso de pie, frustrado, y caminó unos pasos antes de volverse hacia su hermana con los ojos encendidos.

Ella es mi tregua, Alexa —soltó él, con una intensidad que le quemó la garganta—En este mundo de m****a donde todos quieren un trozo de mi carne, ella es la única que no ve al heredero, ni al monstruo. Me ve a mí. Si ella se iba en esa cueva, Alexa... la última luz se apagaba. No es que la quiera, es que sin ella, ya no me queda nada por lo que valga la pena no ser un animal.

Alexa se quedó en silencio, procesando la confesión. Nunca había escuchado a su hermano admitir que tenía algo que perder más allá del poder.

Entonces es amor —concluyó ella, con una mezcla de respeto—. Estás enamorado de la mujer que podría ser nuestra ruina o nuestra salvación.

Alexander volvió la vista hacia Lucía y asintió levemente, sin apartar los ojos de su rostro pálido.—Si ella es mi ruina, que arda todo —sentenció—. Pero mientras yo respire, nadie volverá a ponerle una mano encima.

Alexa suspiró y cerró su maletín con un golpe seco. Sabía que, a partir de ese momento, las reglas del juego habían cambiado para siempre..

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