Mundo ficciónIniciar sesión(El silencio sagrado se terminó. La guerra de lucia acababa de empezar)
Después de que el rugido de las camionetas se desvaneciera en la distancia, un silencio sepulcral, casi doloroso, cayó sobre el convento. Sor Úrsula, con el rostro endurecido y las manos ocultas en sus hábitos, no permitió que se dijera una sola palabra. Con un gesto severo, mandó atodas las hermanas a dormir, aunque ninguna pudo cerrar los ojos realmente esa noche. Al amanecer, el ambiente estaba cargado de tensión, no tuvo tiempo ni de terminar mi primera oración cuando una novicia se me acercó temblando —"Sor Úrsula te espera en su oficina. "Ahora".— dijo con una terminación. Cuando entre, la Madre Superiora estaba de espaldas, mirando hacia el jardín donde todavía quedaban las marcas de los neumáticos y algunas manchas de sangre en la hierba. ¿Me puedes decir en qué estabas pensando lucia? —La voz de Sor Úrsula no fue un grito, sino un susurro afilado que dolió más que cualquier insulto. Intenté hablar, pero la Madre Superiora giró bruscamente, con los ojos encendidos. ¡Has traído el infierno a las puertas de la casa de Dios! —sentenció Sor Úrsula—. No solo pusiste en riesgo tu vida, sino la de todas tus hermanas. Fuiste tras un hombre del pecado, a una bodega de criminales, dejando que el mundo exterior nos contaminara por completo. Madre, lo iban a matar... —alcance a decir con la voz quebrada tratando de justificarme. ¡Y ese es el camino que él eligió el, no el tuyo! —Sor Úrsula golpeó suavemente su escritorio— Ese dinero que prometió, esa "donación", ahora me parece el precio de nuestra paz. Has roto tus votos de obediencia y has actuado con una soberbia peligrosa — veo como Sor Úrsula se acercó a mi, escudriñando con su mirada. Sé que escondes algo más lucia lo supe desde que llegaste aquí sin embargo pensé que solo era mi imaginación.El peligro no se fue en esas camionetas negras, el peligro sigue aquí, contigo Y ahora por tu culpa ese hombre sabe que eres capaz de todo por él. Eso no es protección, eso es una cadena que te atará a su oscuridad para siempre. Escuche cada palabra de Sor Úrsula con la cabeza baja. Mis manos, ocultas bajo el escapulario, todavía conservaban las pequeñas manchas de sangre seca de alexander que no había tenido tiempo de lavar. No intentó defenderme, ni explicar la adrenalina que senti en la bodega, ni el terror que experimente al creer que él moriría. Sí, Madre —fue lo único que dije con una voz plana, carente de emoción. Sor Úrsula me miró con sospecha, espere una réplica que no llegó— Cómo de castigo limpiarás el comedor y el sótano de la sacristía tú sola durante toda la semana. Medita sobre tu desobediencia mientras trabajas. Solo asentí y salí de la oficina en silencio,mientra caminaba por los pasillos de piedra fría, ya no sentía la paz de antes. Cada oración que escuchaba a lo lejos de las hermanas me parecía un eco vacío. Al llegar al sótano de la sacristía, me encerré por dentro y me acerque a la piedra floja detrás del estante de libros sagrados y la movió con esfuerzo. Allí estaban ( los libros de contabilidad de mi padre) Los sacó y los aprete contra mi pecho. "Sor Úrsula tiene razón", pensé con una claridad amarga. "El infierno ya entró aquí". Comprendí que quedarme en el convento solo ponía una diana en la espalda de las monjas. Su padre no se detendría ya no podía seguir fingiendo que era temeroso de Dios. Élla era la persona que tenía el poder de destruir el imperio de Don Valerio, y ese poder necesitaba un escenario más grande que una celda de oración. Mire hacia la pequeña ventana del sótano que da a la carretera. El mundo exterior era peligroso, pero era el único lugar donde podía terminar lo que empecé así que esa noche, mientras las hermanas durmiera, intentaría dejar de ser una sombra entre los muros para convertirse en la pesadilla de quienes la buscan. pase el día en un silencio absoluto, cumpliendo mi castigo en las profundidades del sótano. La decisión estaba tomada esa sería su última noche bajo el velo. Sin embargo, antes de que el sol se ocultara, un sonido de un motor conocido rompió la calma del patio. No eran las camionetas de guerra, sino un vehículo discreto. Elias , el hombre de confianza de Alexander entró al convento con un maletín negro y un sobre lacrado. Vi que se reunió brevemente con Sor Úrsula en el recibidor. Buenas tardes madre me mandó mi jefe Alexander dice que siempre cumple su palabra—dijo con una inclinación de cabeza, entregando el maletín con el dinero acordado—. Aquí está la donación para el convento al igual — le entrega un sobre— aquí están las escrituras del terreno le pertenece al convento a partir de ahora así ya no le podrán quitar el terreno— así que avance sin que nadie me viera para escuchaba a través de la puerta. Este dinero está manchado de muchas cosas joven —dijo ella con calma—. Pero en manos de Dios, se convertirá en comida para los huérfanos y medicina para los enfermos. Dígale al Sr.Alexander que su deuda con la casa de dios está saldada... pero su deuda con el de arriba todavía tiene un largo camino. Elias asintió con un respeto que rara vez el mostraba. Él lo sabe…. Créame él lo sabe… Me alejé de la puerta de la oficina con el corazón martillando contra mis costillas, había escuchado suficiente de la inquietante charla entre Sor Úrsula y el hombre de Alexander. Regresé al pasillo casi volando, retomando la escoba con desesperación para terminar de barrer la capilla antes de ser descubierta. Justo cuando recuperaba el ritmo de la limpieza, vi que el trabajador salía del despacho y caminaba a paso firme directamente hacia donde yo estaba." Señorita Lucía el patrón dijo que esto le pertenece a usted —susurró entregándome una caja de terciopelo. Dis... disculpe como está el señor Alexander — pregunté esperando a que no me diera noticias de el. Esta bien, esta esperando a que inicie la segunda guerra señorita Lucía — me dice recalcando mi nombre algo que me sorprendió el modo de como lo recalcó. gracias — fue lo único que pude decir para luego ver cómo se inclina ante mi. hasta luego — dijo para luego darse la media vuelta e irse. Salí corriendo a refugiarme al sótano y con el corazón latiendo con fuerza, abrí el paquete que Alexander me había enviado, Dentro estaba la medalla de Alexander aquella que tanto había visto mientras lo curaba. Al darle la vuelta, vi una inscripción grabada en un italiano elegante y antiguo: "Proteggimi, finché non tornerò a prenderti." (Protegeme, hasta que vuelva por ti). Junto a la medalla, había una nota breve, escrita con la letra firme pero algo temblorosa de Alexander debido a su estado: "Lucia, Mi mundo no es lugar para ángeles como tú, pero tú ya demostraste que sabes caminar entre demonios. El convento ya no es seguro para ti mi sangre en ese jardín atrajo a los lobos. Si decides salir buscame." Aprete la medalla contra mi pecho. La inscripcion en italiano era más que un regalo, era una marca, una promesa de que él volvería por mí. Mire hacia el rincón donde escondía los libros de contabilidad de mi padre. Ya no había vuelta atrás tenía que poner fin. En noche, mientras las monjas entonaban las últimas oraciones, yo me alistaba para salir bajo el hábito de una novicia, guarde mi ropa civil en la mochila para cuándo la necesitará después salí de mi dormitorio y avance hasta el sótano de la sacristía moví la roca donde los tenía guardado tome los libros para guardarlos en una mochila vieja. Con la medalla colgando a mi cuello y el peso de los secretos de mi padre en mi espalda justo cuando se disponía a cruzar el jardín trasero para saltar la tapia, el sonido de cristales rotos y gritos ahogados estalló desde la entrada principal. Los hombres de mi padre habían llegado. No eran como los hombres de Alexander que guardaban un mínimo de respeto por el lugar. Al darme la vuelta vio a los sicarios de Don Valerio mi padre, hambrientos de poder y con órdenes directas de recuperar los libros a cualquier precio. ¡Busquen en cada celda!¡en cada rincón de este maldito convento! revisen a cada monja, que no se les pase ninguna, ella está aqui— grita —¡Si la encuentran no la maten, ni la lastimen la quiero viva el patrón, pero si alguien se interpone en el camino lo matan! —rugió una voz que reconocí al instante con terror, era el capitán de seguridad de mi padre ese hombre despiadado que no le importaba nada de la vida. ¡¡Emiliano!!






