De vuelta a Italia

Alexander se desabrochó la camisa en silencio, dejando que su hermana examinara la carne abierta. Alexa trabajó con rapidez quirúrgica, limpiando la sangre que manchaba su piel antes de comenzar a suturar de nuevo. El rictus de Alexander no cambió, aunque sus nudillos se tornaron blancos al aferrarse al borde de la camilla.

En cuanto ella terminó de ajustar el vendaje, la puerta se abrió de golpe, era Elías. Venía jadeando, con el rostro sudado y la mirada fija en el exterior.
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