Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlexander se desabrochó la camisa en silencio, dejando que su hermana examinara la carne abierta. Alexa trabajó con rapidez quirúrgica, limpiando la sangre que manchaba su piel antes de comenzar a suturar de nuevo. El rictus de Alexander no cambió, aunque sus nudillos se tornaron blancos al aferrarse al borde de la camilla.
En cuanto ella terminó de ajustar el vendaje, la puerta se abrió de golpe, era Elías. Venía jadeando, con el rostro sudado y la mirada fija en el exterior.—¡Tenemos que largarnos ya! —soltó Elías, sin aliento—. Hay demasiado movimiento en el perímetro. camionetas negras rodeando la zona... no son de las nuestras. Si no nos movemos en tres minutos, nos van a encerrar aquí como a ratas. Alexa intercambió una mirada rápida con su hermano mientras guardaba el instrumental en su maletín—Prepara a los hombres Elías. Nos movemos a Italia —ordenó Alexander. Se puso de pie con un movimiento fluido a pesar de los puntos recién dados. Sus ojos se oscurecieron, reflejando una promesa de violencia que solo el hierro y el acero podrían cumplir. Terminó de cerrar su camisa sobre el vendaje limpio y le entregó a Alexa la mochila de Lucía—Cuídala como a tu propia vida —fue lo único que dijo, con un tono que helaba la sangre—Elías, Alexa... prepárense para disparar. El sonido de los neumáticos derrapando sobre la grava fue la única advertencia. Elías no esperó órdenes pateó la puerta trasera del almacén justo cuando una ráfaga de subfusil astillaba el marco de madera. ¡Cúbreme, Alexa! —rugió Alexander—A pesar de los puntos frescos en su costado, Alexander se agachó y pasó un brazo por debajo de las rodillas de Lucía y el otro por su espalda, levantándola con una determinación que ignoraba el dolor físico. La pegó a su pecho, protegiéndola con su propio cuerpo mientras corría hacia el vehículo blindado. Alexa iba tras él, vaciando cargadores con una precisión letal para mantener a raya a los hombres de negro que bajaban de las camionetas. Dos enemigos intentaron cortarle el paso, pero Alexander, sin soltar a Lucía, sacó su propia arma y disparó dos veces desde la cadera. Los cuerpos cayeron al suelo antes de que él llegara al SUV. ¡Súbela atrás! —gritó Elías metiendo a Vargas en la cajuela, mientras que Alexa seguía disparando Alexander acomodó a Lucía en el asiento trasero con una delicadeza que contrastaba con la furia de sus ojos, y solo cuando estuvo seguro de que ella estaba a salvo, dio la orden de arrancar. Las camionetas negras intentaron seguirlos, pero Elías conocía el terreno. En lugar de dirigirse a la carretera principal, giró bruscamente hacia un callejón que parecía no tener salida. ¿Qué haces, Elías? ¡Nos van a acorralar! —exclamó Alexa, aferrando la mochila de Lucía contra su pecho. Confía —masulló Elías, activando un control remoto en el tablero. Al fondo del callejón, una persiana metálica de un viejo taller se levantó apenas lo suficiente para que el SUV pasara raspando el techo. En cuanto cruzaron, la persiana bajó de golpe, bloqueando el camino a sus perseguidores. Dentro no había un taller, sino un túnel de carga iluminado por luces de emergencia amarillas. El túnel de los muelles —comentó Alexander—Sabía que nos serviría algún día. Cambiaron de vehículo en menos de sesenta segundos a un sedán gris, mucho más discreto, que los esperaba al otro lado del túnel. Salieron a tres kilómetros de distancia, fundiéndose con el tráfico nocturno de la ciudad como si fueran fantasmas Horas después, el rugido de los motores del jet privado era lo único que llenaba el silencio. Alexander estaba sentado frente a la ventanilla, pero esta vez su postura no era de derrota, sino de un rey que regresa a reclamar lo suyo. Dentro del jet, Alexa hojeaba los libros con una rapidez frenética, pero de pronto, sus dedos se congelaron. Su rostro perdió el poco color que le quedaba y levantó la vista hacia Alexander, que permanecía impasible, observando el horizonte por la ventanilla. Alexander —su voz tembló, cargada de una mezcla de miedo y rabia—. Esto es el imperio de Valeriano en papel. Aquí están todas sus rutas de tráfico por el Mediterráneo, los nombres de los políticos que tiene en nómina, las treguas secretas con los rusos y la lista completa de quién le debe hasta el último centavo. Alexa tragó saliva, dudando por un segundo antes de continuar—Lucía le robó el aire que respira. Ahora entiendo por qué mandó a todo su ejército tras ella—miró el libro una vez más, con los ojos fijos en una página específica—Pero hay algo más. Algo que no vas a querer ver. Alexander giró la cabeza lentamente, con la mirada oscurecida. Alexa le extendió el libro, señalando una columna especifica allí con una caligrafía impecable, estaba el nombre que Alexander jamás esperó encontrar "Vincenzo." El silencio en la cabina se volvió sepulcral. Alexander arrebató el libro, no era una deuda era algo más. Sus nudillos se tornaron blancos mientras cerraba el puño sobre el papel— Mi propia sangre. Cuando el jet tocó pista en Sicilia, el ambiente ya no se sentía como un regreso a casa, sino como una entrada al matadero. Alexander observó por la ventanilla a los hombres de Vincenzo apostados en el aeródromo. Ahora, sus sonrisas y su cortesía le parecían colmillos afilados. No digas nada, Alexa —ordenó Alexander con una voz que helaba la sangre, mientras guardaba el libro de nuevo en la mochila—. Vincenzo no sabe que tenemos estos libros. Entendido, pero querrán saber quién es ella — comento Alexa. Diremos que es una invitada personal. Nadie tiene por qué revisar nuestras cosas. La puerta se abrió y el aire cálido de Italia inundó la cabina. Alexander bajó la escalinata con paso firme, ocultando cualquier rastro de dolor. Abajo, el lugar donde el teniente de Vincenzo lo esperaba con una sonrisa genuina y los brazos abiertos. ¡Don Alexander! Bienvenido a casa —saludó el hombre con respeto—. El señor Vincenzo me mando personalmente,dice que lo espera en su villa para la cena. Alexander asintió, relajando un poco los hombros.—No hay problema. Traigo una... protegida conmigo y necesito discreción absoluta. Como usted ordene, señor, nosotros solo lo escoltaremos hasta su villa. Alexander regresó al interior del avión por un momento para cargar a Lucía. La sacó envuelta en una manta, pareciendo simplemente una mujer dormida o sedada tras un viaje largo. La subió al coche blindado con una delicadeza que sus hombres rara vez veían en él, mientras Elías sacaba a Vargas tapado de la cabeza para que nadie lo identificara.Mientras Elías bajaba con Vargas totalmente sedado. En La villa de Alexander dejó a Lucía en la cama de sábanas blancas custodiada únicamente por sus hombres de máxima confianza.Alexander estaba de pie junto a la ventana, observando el mar, con la mochila y los libros de Valeriano sobre una mesa cercana. El silencio fue interrumpido por un leve gemido. Lucía abrió los ojos lentamente. Su visión estaba borrosa. Intentó incorporarse, pero un pinchazo de dolor en su cuerpo la obligó a soltar un suspiro entrecortado—No te muevas —ordenó una voz profunda—Estás a salvo. Lucía parpadeó, enfocando la imponente figura de Alexander recortada contra la luz del atardecer—¿Dónde estamos? —preguntó ella con la voz rasposa—. Lo último que recuerdo fue que había disparos. Elías gritaba. En mi casa Italia. alexa te dio morfina para que descansara—Lucía recorrió la habitación con la mirada hasta que sus ojos se posaron en la mochila abierta sobre la mesa. Los libros—susurro—Alexander, no puedes dejar que nadie los vea. ¿Tienes idea de lo que hiciste, Lucía? —preguntó Alexander, acercándose a ella sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo y la tensión acumulada en sus hombros. Hice lo que tenía que hacer Alexander Alexander soltó una risa seca, sin rastro de humor— Le robaste su red de seguridad—Él abrió el libro por una página marcada y puso su dedo sobre una columna de nombres— lo revisamos en el vuelo. Aquí no solo hay rutas de droga. Hay senadores, jueces, treguas con clanes que ni siquiera sabían que estaban siendo grabados—Se inclinó sobre ella, apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo en el colchón, acorralando—traes el "aire" de Valeriano, Lucía, pero también la sentencia de muerte para cualquiera que toque los libros ¿sabes qué encontré también? —Su voz bajó a un susurro que helaba la sangre—Encontré la traición de mi propia sangre sentada a aquí.—señalando la lista. Lucía palideció. Ella sabía el peligro, pero no sabía hasta dónde llegaba la podredumbre—Alexander, yo no sabía quiénes estaban en la lista... solo sabía que eran importantes. Es más que importante. Es el fin de todo lo que conozco —Alexander se apartó, dándole la espalda para no dejar que ella viera la furia en sus ojos—. Vincenzo, mi tio,aparece en estas páginas. Lucía soltó un jadeo ahogado. Ahora entendía la rigidez de Alexander, su frialdad extrema. Habían volado directo a las manos del enemigo pensando que volvían a casa. Entonces... estamos atrapados —susurró ella. Alexander se giró de nuevo. Sus ojos ya no eran oscuros, eran de puro acero—No, Lucía. Estamos en guerra. Pero ahora, gracias a lo que te robaste, yo sé dónde disparar antes de que ellos saquen sus armas. Pero tú... tú no te separas de mi vista ni un segundo. A partir de ahora, eres la mujer más peligrosa de Italia, lo quieras o no






