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Antes de que pudiera decirme algo un golpe violento retumbó en el gran portón de madera del convento.Ahorita hablamos_dándose la vuelta para caminar.

Sor Úrsula con el ceño fruncido, dirige a pasos rápidos hacia la entrada mientras que yo la seguía con el corazón en la garganta.

Al llegar a la puerta abrió la pequeña rendija reforzada de la puerta, se veían varias sombras bajo la lluvia, sabía a simple vista que no eran policía pues no portaban uniforme ni credencial.

¿Qué es lo que quieren?—grito,eran tres hombres con chaquetas de cuero y rostros curtidos. Uno de ellos, gritó por encima del trueno que acababa de sonar.

¡Abran!—el grito golpeó la madera pesada—Buscamos a un herido. Es un asunto de negocios, Madre.

Aquí solo habita el silencio señor—replicó Sor Úrsula con una calma gélida—En la casa de Dios no entran hombres y mucho menos acero.Váyanse ahora, o la Guardia Nacional liquidara sus cuentas.

No mienta, Madre—escupió él, golpeando la puerta—La sangre llega hasta su muro. Si no abren, entraremos a la fuerza. No querrán agujeros en este sitio sagrado.

Yo escuchaba desde el pasillo, paralizada, Si entraban,lo encontrarían herido en el sótano y nos matarían a ambos.

Aquí solo hay silencio,señor—respondió ella, impasible—Váyanse.

El chasquido metálico de un arma siendo amartillada afuera me sacó de la parálisis. Con el corazón galopando, di media vuelta y corrí por el pasillo en penumbra hacia el sótano.Mis manos torpes lucharon contra la puerta de madera, abriéndola a duras penas

Estaba despierto, apoyado contra la piedra fría del sótano. La fiebre lo empapaba en sudor, pero sus ojos mantenían el brillo alerta de un lobo acorralado. A su lado los restos de un teléfono, su conexión con el mundo exterior

Tus enemigos están aquí—susurré arrodillándome junto al saco de semillas.

Mis manos se cerraron sobre la pistola. El metal frío me devolvió a la huida de mi padre, al miedo que me trajo a este convento. Con la mano temblorosa, se la entregué.

Dijiste que esto no pertenecía a la casa de Dios—dijo con una voz ronca y una sonrisa forzada, mientras extendía su mano para tomar el arma.—Claro que no pertenece—respondo—Pero tampoco pertenece aquí la muerte de un hombre sin poder defenderse,quieren entrar y no se por cuánto tiempo podré detenerlos.

Él tomó el arma y con un movimiento experto, verificó el cargador. El peso del metal y acero le devolvió la vida. Sus dedos rozaron con los mios al tomar la pistola y por un instante sentí que el tiempo se detuvo.

¿Adónde vas?—preguntó mirándome

Voy a sacarlos de aquí, tu quédate aquí no dispares a menos que sea tu última opción—Sali del sótano y cogió un pesado candil de aceite que colgaba en el pasillo.

Evité la entrada principal y corrí hacia el ala este, donde los muros eran más bajos. Bajo la lluvia torrencial que empapaba mi hábito, alcancé la verja de hierro que daba a la calle. Con todas mis fuerzas, lancé el candil de aceite contra el suelo de piedra del callejón trasero

¡CRASH!

El sonido del cristal rompiéndose y el metal golpeando el suelo resonó con fuerza en el silencio de la noche. Inmediatamente, empecé a correr de regreso asegurándose de que su sombra fuera vista por la rendija del muro lateral.

¡Ahí está!—se escuchó gritar un hombre

¡Se mueve por detrás!—gritó otro hombre armado desde la camioneta.

sonrió feliz mi plan había funcionó,los pasos pesados de los matones empezaron a alejarse de la puerta principal,rodeando el edificio hacia el callejón,convencidos de que su presa intentaba escapar por la parte trasera.

Al regresar llegó jadeando y temblando de frío,frente al claustro me encontre de frente con alguien que no esperaba. No eran los hombres mafioso sino Sor Úrsula que me esperaba con una linterna en la mano y una expresión seria y de absoluta decepción.

Dime qué no has estado afuera—me interroga

Madre yo.

Hace rato también estaba fuera—sus palabras no fueron preguntas sino una afirmación—esos hombres buscan a alguien que me eh de imaginar que tu estás protegiendo—dijo la Superiora con voz grave—la sangre en el suelo no miente o me equivoco.

En ese momento se escuchó un ruido metálico y un quejido sueve,como se había levantado. La tensión que estaban en el pasillo era tan fuerte que solo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando el techo de teja era lo único que llenaba el silencio entre la madre superiora y yo.

Sor Úrsula avanzó rapidamente hacia la puerta del sótano con la llave colgando entre sus manos.

Sus ojos,endurecidos por décadas de disciplina—habré la puerta—ordenó la Superiora—trajiste la violencia de la calle a este lugar sagrado.Ese hombre que tienes ahí es un criminal y nuestra lealtad es con la ley de Dios,no con los asesinos que se desangran en nuestro lugar sagrado.

Con el hábito empapado y pegado al cuerpo me muevo frente a la puerta de madera extendiendo mis brazos para bloquear su paso.

¡No es un criminal,Madre! Esta herido —replique con una valentía que nunca supe q Laue poseía—Si lo entrega ahora esos hombres que están afuera lo matarán antes de que llegue la policía. ¿Acaso no nos enseñaron que toda vida es sagrada? ¿O es que nuestra caridad tiene límites?

¡No me des lecciones de moral!—rugió Sor Úrsula—Si ese hombre muere por sus pecados es justicia divina.Pero si él nos pone en peligro,la culpa será tuya ¡Ahora aparta!—Justo cuando la Superiora estiraba para tomarme de mano para apartarme la puerta del sótano, esta se abrió lentamente desde dentro con un chirrido que sentía como me helaba a sangre.

El hombre apareció apoyado en el marco de la puerta. Estaba pálido, casi gris, y usaba la pistola como punto de apoyo contra la pared para no desplomarse.El arma no apuntaba a la monja, sino hacia el suelo, pero con su presencia llenaba el pasillo de una amenaza eléctrica.

Basta—dijo él, con voz débil pero autoritaria—Ella solo hacía lo que ustedes predican. No la castigue por tener más corazón que usted.

Sor Úrsula retrocedió, horrorizada por el arma en su mano. Él soltó una risa seca que acabó en una mueca de dolor —Escuche, Madre. Sé que el convento se cae a pedazos. Grietas, vigas podridas... El obispado quiere cerrarlo, ¿verdad?

¿Cómo lo sabe?

Eso no importa. Quieren vender para construir hoteles, ¿verdad?

Sor Úrsula apretó el rosario hasta que sus nudillos se volvieron blancos. El silencio fue su respuesta. El convento estaba en quiebra y el obispo no cedía.

Hagamos un trato —continuó el hombre guardando la pistola en su cinturón como señal de tregua—Déje quedarme aquí tres días para recuperarme y contactar a mi gente de confianza.A cambio, les daré más dinero de lo que este convento ha visto en un siglo. Lo suficiente para restaurar cada piedra y que nadie vuelva a amenazar con el cierre.

Podía ver su lucha interna en su rostro, la pureza de sus votos contra la supervivencia de su hogar. Era una decisión peligrosa, Sor Úrsula miró a lucia y luego al hombre herido el estruendo de un trueno subrayó el momento.

Madre,si acepta—susurre—yo me encargaré de él. Nadie más tiene que saberlo. seré la única responsable.

La Madre Superiora finalmente bajó la cabeza y suspiró, una rendición amarga.

Solo tres días, caballero. Si una sola bala se dispara aquí, ambas seremos excomulgadas. Llévalo a tu celda, ¡ahora!—La Madre Superiora se giró y se alejó a paso rápido.

El pacto estaba sellado, pero la calma era tensa. Mientras el convento dormía bajo la tormenta, Lucía quedó a solas con el peligro encarnado. Con esfuerzo, pasó el brazo del hombre sobre su cuello y lo arrastró hasta su celda. Apenas lo recostó en la cama, salió en busca de lo necesario para curarlo.

Regresé con agua, hierbas y vendas. Él yacía recostado, con la camisa abierta exponiendo la bala en su costado. A la luz de la vela, el contraste era brutal: la delicadeza de mi hábito gris frente a su cuerpo marcado por tatuajes y cicatrices de violencia.

Dolera—susurre acercando la esponja húmeda a su piel.

He sentido cosas peores—dijo intentando mantener su máscara de dureza. Sin embargo, cuando toque su piel para limpiar la sangre,él soltó un suspiro entrecortado. No era dolor, era la suavidad del toque de ella. Hacía años que nadie lo tocaba sin ninguna intención.

¿Cómo te llamas?—preguntó mientras sentía la mirada intensa sobre mi.

Lucia—dije mi segundo nombre, uno que nadie conocía.

Pues mucho gusto soy Alexander—me dijo presentándose.

¿Por qué lo haces?—preguntó Alexander de repente—Podrías haberme dejado morir. Un pecador menos, ¿no crees?

Levanté la vista, topándome con sus ojos profundos,noté un brillo dorado en sus pupilas—Mi deber es proteger la vida, no juzgarla—respondí, con la voz temblorosa—Pero vi algo en ti el miedo a morir solo.

Alexander guardó silencio Por un segundo, estiró su mano sana y rozó apenas un mechón de cabello que se escapaba del velo. El tiempo pareció detenerse en esa celda donde el peligro y la pureza se mezclaban en un suspiro.

Al segundo día, la fiebre cedió. Alexander despertó con el instinto de supervivencia afilado. Su imperio estaba en juego y sus enemigos no pararían. Apenas vio a Lucía entrar con comida, decidió que no podía esperar más

Debo salir una hora—dijo mientras le acercaba el caldo—Necesito un satelital.

¡Estás loco! Si Sor Úrsula te ve, el pacto se rompe. ¿Qué harás si te encuentran?

Lucía—su voz era un filo de hielo—Si no contacto a los míos, ellos volverán. Y esta vez no llamarán a la puerta la derribarán. Si yo caigo, tú caes conmigo.

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