Mundo ficciónIniciar sesiónAlexander
La oficina de Alexander en el piso seis olía a cuero caro y éxito, pero él no estaba allí. Esa noche, el verdadero Alexander estaba en el Muelle 14, donde solo importaban el salitre y el aceite quemado. Alexander Lombardi ceo de Russ Logistics, era la fachada perfecta. Tras el hierro de sus contenedores no solo viajaba maquinaria; viajaba el poder absoluto de la mafia de la costa. Despiadado y metódico, nadie sobrevivía para contar qué ocurría cuando Alexander decidía ejercer su poder. Desde la penumbra, observaba las cámaras en mi teléfono. Había soltado el cebo,un cargamento ilegal sin custodia. Sabía quién caería, pero al ver a Vargas, mi jefe de seguridad, en la pantalla, el estómago se me revolvió. Mi hombre de confianza era la rata. Ya están aquí —susurró su amigo por medio del auricular,Se quitó el saco de seda gris, revelando una funda de hombro con su pistola personalizada. ¿Cuántos?— dijo mientras Se aflojó la corbata y se enrolló las mangas de la camisa blanca, dejando a la vista las cicatrices de sus años antes de ser remplazada por tatuajes. son nueve cuatro con el y seis escoltando alrededor — Alexander no dice nada Elías sabía que cuando estaba así es porque su enojo era grande—Esperó tu señal. Al deslizarse el portón del almacén, cuatro hombres armados irrumpieron. Al frente iba Vargas, mi jefe de seguridad, el hombre en quien más confiaba... y el primero en traicionarme. veo como Vargas le da órdenes a la persona que viene con el mientras que el empieza a buscar en unos documentos que están en una mesa. ¿Buscabas algo, Vargas? —mi voz retumbó como un trueno en el vacío del almacén.Vargas se congeló al verme salir de las sombras, caminando con una calma de un depredador listo para devorar a su presa. Señor Alexander yo—balbuceó Vargas, dando un paso atrás mientras busca desesperado una salida en el almacén. Pero de repente, el miedo en sus ojos se evaporó, reemplazado por una frialdad calculada. Su boca se torció en una sonrisa cínica que desfiguró su rostro—¿Sabes cuál fue tu verdadero error, Alexander? Creer tu propio engaño. Creer que por firmar documentos en pluma de oro seguías siendo el hombre al que todos temían—Ya no eres el carnicero que gobernaba las calles con sangre y miedo. Ahora solo eres un niño rico jugando a ser Dios en un traje que vale más que mi vida entera. Pero te tengo una noticia, "jefe"... los dioses también sangran cuando se les dispara por la espalda. ¿Quién te dijo que vine solo? —apenas terminé la frase, desenfundé y le atravesé el hombro de un disparo.Vargas soltó un alarido desgarrador mientras el infierno se desataba. Desde las persianas, otros tres tiradores ocultos abrieron fuego, convirtiendo el almacén en una lluvia de plomo. ¡RAT-TAT-TAT-TAT!l Elias—grité para que lograra escucharme perdón jefe me emocione pero ya estoy en eso— respondió algo agitado Las balas destrozaron los cristales de las ventanas del almacén y perforaron los contenedores. se lanzó detrás de un montacargas mientras el metal chirriaba por los impactos. ¡Maten al maldito Diablo! —gritó Vargas desde su escondite maldiciendo por el dolor Devolvía el fuego moviéndome con una agilidad brutal. No disparaba como un empresario si no disparaba como un hombre que disfrutaba del caos. Me tumbó a uno de los tiradores con un tiro limpio en la frente, pero al intentar cambiar de posición para alcanzar a los otros dos senti como un impacto un proyectil de calibre 45 atravesó una caja de madera y me alcanzó de lleno en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas. ¡Ahg! —grite lanzado hacia atrás golpeado me contra un pilar, sentí como el dolor fue una explosión de fuego que me nublaba la vista. Me presionó mi mano contra la herida sintiendo el líquido caliente empapando mi camisa de diseñador que hace unos días había comprado— ¡Miarda!... Quería contactar a Elias pero en el movimiento se me callo los auriculares, tome como pude mi arma mientras que a lo lejos escuchaba los pasos de los hombres de Vargas acercándose, recargando sus armas. Yo estaba herido, solo y perdiendo el conocimiento en medio de una lluvia de plomo, como pude me apoye contra el pilar, mi respiración era un silbido ronco. A lo lejos el rugido de un motor rompió el estruendo—Elias— había llegado como siempre con su entrada triunfal y su camioneta negra blindada esa que nunca lo ha dejado botado y que yo siempre se la eh querido remplazar, llegó derrapando haciendo que levantara una nube de neumáticos quemado. ¡JEFE!—gritó Elias, su jefe de sistema, bajando del vehículo con un fusil de asalto mientras cubría la zona con una lluvia de plomo—cubre el área el jefe está herido—gritó—Llegó hasta él en segundos. Mientras intentaba ponerme de pie por mi cuenta, pero mis piernas fallaron. El dolor le robó y volvió más fuerte cayendo de rodillas, dejando una estela de sangre en el hormigón. Maldita sea—gruño, con la frente perlada de sudor frío—No... yo puedo—me levanté me apreté más la herida y seguí disparando atravesando a varios,Elias llegó a mi lado me agarró por el brazo sano y me intentó cargar con fuerza. ¡Arriba! No vamos a morir en este agujero jefe— soltó Elías intentando otra vez Caminamos a trompicones mientras las balas repicaban contra el metal de los contenedores a nuestro alrededor. El equipo de Vargas se estaba reagrupando y más hombres llegaban por la retaguardia. Había una salida y esa estaba bloqueada por un camión en llamas, el fuego podía cruzarlo pero era incesante. Asi que intentamos avanzar por otra salida pero sentía que cada paso que daban era una oportunidad para que una bala los alcanzara a ambos. Vi a mi hombre recibir un impacto en el chaleco táctico que lo hizo tambalearse, así que me detuvo en seco, saltando del agarre de su hombro y le dio un empujón violento. ¡Déjame aquí! ¡Es una orden! —rugió, aunque la voz se le quebraba por la agonía. ¡Ni hablar, jefe! ¡Podemos llegar al coche! ¡Mírate! Te van a matar por intentar arrastrar mi cadáver—saque mi segunda arma, una pequeña Glock que llevaba en el tobillo y miró a mi amigo con una determinación suicida—Si sigo contigo, morimos los dos. Vete, busca refuerzos. Alexander no puede ni sostenerte... ¡VETE!—se apoyó contra una caja de acero, encarando la oscuridad del almacén donde brillaban los fogonazos de los enemigos—Soy el lider de este imperio. Yo decido quién vive y quién muere hoy así que ¡Corre! me moveré a otro lugar y despejare la zona para que avances —Asenti con la cabeza y el se lanzó hacia una cobertura lateral para intentar flanquear a los tiradores. solo y desangrándose, quede en el centro del caos. Con la visión borrosa y el pulso tembloroso, levantó sus armas. Estaba herido, pero seguía siendo el hombre más peligroso de la ciudad y nadie le quitaría ese cargo Refuerzos en camino. Despejen la zona— grito—¡avanza! Como pudo logró aguantar lo suficiente para salir del almacen, mis enemigos se dispersaron queriendo encontrarme no sabía cuándo duraría pues mi fuerza se estaba agotando. Cómo pude arrastraba los pies por el callejón empedrado que bordeaba la antigua capilla. La adrenalina que sentía estaba evaporando, dejándome solo un frío sepulcral y un dolor que me quemaba al costado. Me apoyó contra la barda alta de piedra del convento, dejando una mancha larga y oscura de sangre sobre el muro blanco una lluvia desgarradora empezó a caer. No aquí... todavía no—masculló entre dientes, pero mis fuerzas se agotaron. Me deslice por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda contra la barda. Mis manos, que antes sostenían armas con precisión quirúrgica, ahora temblaban mientras intentaban presionar la herida. La camisa blanca de seda estaba arruinada, pegada a mi piel por la sangre. De repente la lluvia empezaba a caer y el pesado portón de madera de la barda chirrió al abrirse. No fue un estruendo, sino un sonido suave, casi pacífico. Salió con una linterna pequeña y un manojo de llaves. Había escuchado el ruido de alguien chocando contra la pared y a pesar del peligro de esa zona de la ciudad, algo en su interior la obligó a salir. La luz de la linterna recorrió el suelo hasta detenerse en unos zapatos de piel italiana, luego subió por el pantalón de traje hecho a medida, hasta llegar a su rostro. Cómo pude levanté la mirada. Mis ojos nublados por la pérdida de sangre pero aún cargados de esa ferocidad mis ojos se encontraron con los de ella ¿Ayuda? —fue todo lo que pude decir, pero sus ojos se abrieron de par en par al ver la magnitud de la herida. Solté una risa amarga que terminó en una mueca de dolor—he pecado—susurre con ironía, intentando mantener mi máscara de un CEO arrogante incluso mientras me moría — Dudo que un vendaje y un Ave María arreglen este agujero—dijo mientras se arrodillaba a mi lado sin dudarlo. El olor a pólvora que emanaba era tan fuerte que casi la hace retroceder, pero al verme vio que mi vida se me escapaba Dios no pide currículos para salvar almas, señor —respondió ella dejando la linterna en el suelo y rasgando un trozo de su propio hábito para hacer presión en la herida—Y yo tampoco los pido para salvar cuerpos. Pero si se queda aquí, morirá en la acera. Me levanto con una firmeza increíble y me resguardo en un sótano.






