La noche cayó sobre la ciudad con una densidad casi líquida, como si cada sombra fuese un presagio y cada esquina ocultara un par de ojos observando. Serena lo sintió antes de verlo: ese tipo de electricidad dolorosa que recorre la columna vertebral cuando algo en el mundo se rompe, cuando el destino mete la mano y revuelve lo que debería permanecer quieto.
Luca conducía con una tensión evidente en la mandíbula, los nudillos blancos alrededor del volante. No había dicho nada en los últimos diez minutos, pero la forma en que miraba los espejos retrovisores hablaba por él.
—Nos siguen —susurró Serena, sin atreverse a girar la cabeza.
Luca no se sorprendió. Solo respondió:
—Desde que Caterina nos avisó de lo que vio en el registro de la Orden… no hemos tenido un minuto libres de sombras.
Ella tragó saliva. Sabía que no era paranoia. Sabía que no era estrés. La persecución era real. La amenaza era real. Y el tiempo… también lo era.
Algo dentro de ella, una punzada honda y helada, la oblig