La puerta de roca se cerró detrás de ellos con un estruendo que hizo temblar el pasadizo. El eco retumbó por las paredes húmedas, casi orgánicas, como si el túnel respirara. Luca no se detuvo; cargaba a Serena contra su pecho, sintiendo su peso debilitado y el temblor irregular de su respiración.
La iluminación era mínima: antorchas viejas que Adriel había colocado años atrás, conectadas a un sistema eléctrico artesanal que nadie salvo él sabía reparar. Algunas luces parpadeaban, otras directamente estaban apagadas.
Serena murmuró algo, su voz como un susurro arrastrado por el viento.
—¿Qué… es ese sonido?
Luca lo había escuchado también.
Un golpe.
Otro.
Como garras.
O como algo pesado tratando de atravesar la roca desde el exterior.
—No sé —respondió con voz tensa—. Pero no vamos a esperar a averiguarlo.
Apretó el paso.
El túnel descendía a través de la montaña como un intestino de piedra. El olor a humedad y hierro era fuerte. Las paredes rezumaban agua en algunas partes, y el suelo