La puerta se cerró detrás de Isabella como si el eco mismo cargara un presagio. La joven permanecía frente a Mikhail e Iván, temblando tanto que sus dedos parecían hojas agitadas por un viento invisible. No quedaba rastro de arrogancia, ni del disfraz de espía arrepentida, ni de la mujer que se ocultaba tras medias verdades.
Solo miedo.
Miedo puro.
Mikhail cruzó los brazos.
Iván sacó una silla y la empujó hacia ella.
—Siéntate —ordenó, sin suavidad.
Isabella obedeció.
El aire en la sala era tan