El núcleo no era una máquina.
Era un organismo de luz y metal.
Columnas translúcidas ascendían como vértebras tecnológicas.
El suelo vibraba con energía acumulada.
El aire mismo parecía cargado de intención.
Dante avanzó un paso.
Las puertas se sellaron detrás de él con un sonido definitivo.
No habría retirada.
Volkov permanecía en el centro, iluminado por el pulso azul del reactor principal.
Serena estaba a unos metros de él.
No parecía frágil.
Parecía firme.
Como si el núcleo no la intimidara