La segunda noche fue peor que la primera.
No por amenazas.
No por ataques.
Sino porque nadie volvió a hablarle.
El refugio permanecía intacto, silencioso, funcional. Demasiado. Cada luz, cada temperatura, cada sonido estaba calibrado para no alterar su estado. No era protección: era observación pasiva.
Serena caminó descalza por el suelo frío, una mano apoyada en el vientre, la otra rozando la pared como si necesitara confirmar que aún existía algo sólido.
—Así empiezan las jaulas —murmuró—. Co