Serena tardó varios minutos en aceptar que no estaba sola.
No había ruido.
No había pasos.
No había cámaras visibles.
Y aun así, el aire había cambiado. Ese tipo de cambio que no se percibe con los sentidos, sino con la memoria del cuerpo. Como cuando una puerta se cierra detrás de ti sin que la oigas.
Se incorporó lentamente en la cama estrecha del refugio. El lugar era austero, casi ascético: paredes grises, una mesa metálica, una ventana falsa que proyectaba un amanecer que no pertenecía a n