El dolor llegó sin aviso.
No fue agudo.
No fue inmediato.
Fue profundo, lento, como si el cuerpo estuviera tomando una decisión que la mente aún no había autorizado.
Serena se dobló apenas, apoyando una mano contra la pared. Respiró como Caterina le había enseñado: lento, contando, sin permitir que el pánico interpretara lo que aún no entendía.
—No —susurró—. Todavía no.
El latido se desacompasó un segundo.
Luego volvió.
Pero algo había cambiado.
No era el cuerpo.
Era el límite.
⸻
En la fortale